Por: Santiago Montenegro

Islas de modernidad

ES MUY DIFÍCIL PREDECIR CÓMO, dentro de diez o veinte años, definirán los académicos y analistas a la primera década del siglo XXI.

Así como los científicos políticos y los historiadores asocian la primera década del siglo pasado a la persona y a la obra de Rafael Reyes, los futuros analistas dirán que la primera década del XXI fue la de Álvaro Uribe. Ya con el beneficio de la distancia en el tiempo, discutirán el legado de sus políticas, la relación con los Estados Unidos, la difícil relación con los países vecinos, entre muchos otros temas. Pero, quizá, con el paso del tiempo emergerán otros factores que los investigadores y los analistas más inquisidores encontrarán también relevantes. Porque, en medio de las tempestades y tremores recientes de la política y de la economía, nuestro país ha estado sujeto a otros choques menos perceptibles, pero no menos importantes, que han afectado especialmente a los sectores populares.

Por la apertura económica, por la creciente sofisticación de la producción de China y de otros países asiáticos, por la caída en las tasas de interés, por la apreciación de la tasa de cambio real, entre otras razones, los precios relativos de un sinnúmero de artefactos, aparatos, utensilios y electrodomésticos, hasta hace poco inexistentes o inalcanzables para las clases populares, han caído en forma dramática. Entre todos ellos hay dos fenómenos que sobresalen: la expansión de la telefonía celular y la compra masiva de motocicletas. No exagero al decir que la expansión de la telefonía móvil está causando una revolución económica, social y cultural quizá sólo comparable a lo que fue la invención de la penicilina o de la píldora anticonceptiva en el siglo XX. Quienes vamos con frecuencia al campo, vemos con asombro cómo el celular hace ya parte del paisaje y la cotidianidad de las familias campesinas y, hasta en los hogares más pobres, es usual encontrar uno o dos de estos aparatos que, además de la comunicación, comienzan a ofrecer una serie amplia de servicios. Estremece recordar que las líneas fijas de teléfonos jamás alcanzaron más de un 17 por ciento de los hogares, en tanto el celular ya se encuentra en un 90 por ciento de los mismos.

En forma semejante, por la caída de sus precios y por las líneas de financiación, miles de trabajadores, mensajeros, albañiles y campesinos han podido adquirir motocicletas que están facilitando o abaratando su desplazamiento y el de sus familias como jamás pudieron hacerlo antes, al tiempo que inquietan y molestan a los conductores de automóviles, hasta ahora dueños de las calles y las vías. En medio de un atraso muy grande, éstas han sido verdaderas islas de modernidad, impensables tan sólo una o dos décadas atrás, en un país premoderno en muchos otros sentidos. En tanto dos generaciones de intelectuales y políticos latinoamericanos crecieron y envejecieron creyendo que las revoluciones se hacían con las armas y con la toma violenta del poder, las verdaderas revoluciones, las que transforman estructuralmente a las sociedades, han sido las que las han conducido a la liberación de los individuos prolongando la vida, mitigando la sujeción de la mujer al hombre, incrementando la movilidad de las personas, facilitando la información para la toma de decisiones. A pesar de que la pobreza ha caído poco en los últimos años, en forma paradójica y aparentemente contradictoria, estas islas de modernidad, sin duda, han favorecido a los sectores populares con unos efectos económicos, sociales y políticos que, por ahora, son impredecibles. Así será también recordada la primera década del siglo XXI.

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