Por: Arlene B. Tickner

Israel-Palestina: el discurso de la ambivalencia

El discurso reciente de Obama sobre la política de Estados Unidos en Medio Oriente impresionó a pocos y resultó ambivalente, si no un retroceso respecto a las posiciones que el mandatario había adoptado en el pasado sobre el conflicto israelí-palestino.

Simplemente repitió lo que la mayor parte de la comunidad internacional ya intuye: que las fronteras de cualquier solución de dos Estados deberán basarse en lo acordado en 1967 mediante la resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU.

La ira que produjo este (inocuo) comentario en Israel, cuyo primer ministro respondió que ese país jamás regresaría a las fronteras “indefensibles” de 1967, sugiere cuán lejana está una solución negociada.  El “apoyo” de Netanyahu a la creación de un Estado palestino se basa en principios negativos que niegan su viabilidad: no a las fronteras de 1967; no a la división de Jerusalén, tierra santa de judíos, musulmanes y cristianos; no al derecho de retorno de los palestinos refugiados que suman a 4,7 millones; y no a una presencia militar palestina.   Si el discurso pronunciado ayer ante el Congreso estadounidense constituye algún termómetro de las perspectivas futuras de la paz, realmente no hay motivos para el optimismo.

Entre los palestinos, las palabras de Obama fueron recibidas con desconcierto. Desestimó como “poco productiva” la búsqueda de reconocimiento del Estado palestino entre los países miembros de la ONU.  Pidió dejar de lado cuestiones “emocionales” como el estatus de Jerusalén y la suerte de los refugiados mientras se resuelvan los problemas “apremiantes” de delimitación de fronteras y seguridad.  Y después de haber rechazado la legitimidad de nuevos asentamientos israelíes en los territorios ocupados en su famoso discurso en Cairo en 2009, señaló tan sólo que éstos constituían un obstáculo para las negociaciones. 

La voluntad de Estados Unidos de confrontar a Israel en torno a este punto específico constituye tal vez la prueba de fuego de su compromiso con una solución negociada al conflicto.  Y la Casa Blanca reprobó. Las elecciones presidenciales de 2012 son la principal causa del “voltearepismo” de Obama.  80% de los electores judíos votaron por él en 2008, y aunque el tema israelí no figura entre sus principales preocupaciones, el lobby judío, encabezado por el American Israel Public Affairs Committee (AIPAC), ejerce una fuerte (e indeseable) influencia sobre la política exterior estadounidense. 

También puede haber incidido el acuerdo de reconciliación suscrito recientemente entre los partidos Fatah y Hamas, que reivindica el uso de la diplomacia y el abandono de la violencia en pro de la creación del Estado palestino.  A pesar de que la posición de Hamas frente a la solución de dos Estados coincide desde hace varios años con la de la mayoría de la opinión mundial, su estigmatización como grupo terrorista, aliado de Irán y opositor del derecho de existencia de Israel dificulta su reconocimiento como actor político y sirve de pretexto para que Netanyahu cuestione la sinceridad de los palestinos para negociar.  En la medida en que el Gobierno de unidad palestina respete los compromisos adquiridos, el rechazo israelí a cualquier solución aceptable para las partes se volverá más palpable.  Mientras tanto, el discurso de la ambivalencia por el que ha optado Obama es poco menos que decepcionante.

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