Por: Arturo Charria

Itinerario de lecturas pasajeras

A Gustavo B., lector de alturas.

Llamaré lecturas pasajeras a esas que nos acompañan en las salas de espera de los aeropuertos; a esas que van junto nosotros en vuelos interminables que se aplazan por mal tiempo; o aquellas por las que muchas veces no queremos que el avión toque tierra de nuevo.

Escoger un libro de viaje es tan importante como revisar que lo necesario esté en la maleta o como tener la silla correcta en el avión. Yo soy de los que empaca de más cuando salgo de viaje: llevo libros de distintos géneros, libros que estoy leyendo y libros que tengo en fila, esos que necesitan de otros aires para despegar. Además, siempre guardo un libro que me hable del lugar de destino, porque, “cuando leo poemas y novelas que me gustan quiero ir a vivir al país que conoce el autor. Quiero decir que deseo conocer lo que él conoce…”. Como escribió Nadine Gordimer, la nobel sudafricana, a través de un fugaz personaje. 

Por eso cuando llegamos a esa ciudad buscamos los bares, las calles y los parques por donde se mueve ese personaje que tanto nos inquieta. Nos sentamos en una banca del parque Lezama en Buenos Aires esperando a que llegue Martín, arrastrando en su pesadez la sombra de Sábato. Nos detenemos frente a un río en Granada, esperando ver en el agua el reflejo sin rostro del querido García Lorca. O simplemente nos dejamos ir por las calles de Bogotá, como si Ignacio Escobar estuviera en la huella de nuestros pasos y Chapinero fuera de nuevo esa pequeña ciudad de neón que ya no es hoy.

También están las librerías de los aeropuertos: bastante limitadas, secuestradas por multitudes de revistas de temporada y de pasatiempos. Sin embargo, es cuestión de saber buscar, para rescatar libros que incluso costaría encontrar en las librerías más completas. Así, por ejemplo, una mañana de agosto, en el aeropuerto El Dorado, compré una edición descatalogada de Un golpe de dados que llevaba años buscando y, de Madrid, despegué con una bella biografía ilustrada de Arthur Rimbaud que me acompañó durante todo el viaje de regreso a Bogotá.

Augusto Pinilla, poeta y profesor de literatura, siempre solía decirnos en clase que debíamos tener cuidado con los libros que llevábamos en los vuelos trasatlánticos, porque hay ciertos aviones que no pueden con el peso de Shakespeare o de Cervantes. Por no decir lo peligroso de viajar con Proust o Kafka en la bodega de carga: –son dinamita pura, solía decir teatralmente mientras se afilaba la barba. Como prueba de su teoría, recordaba el vuelo en que murieron Ángel Rama, Marta Traba, Manuel Scorza y Jorge Ibargüengoitia: –nadie sabe lo que pesaban sus lecturas y su imaginación, –repetía.

Jorge, que durante años viajó de un país a otro para asistir a juntas y reuniones, disfrutaba las largas esperas en los aeropuertos leyendo el sobrepeso de libros que cargaba en su maleta. Aunque ya no hace esos largos viajes, sigue usando su maleta de importante ejecutivo, solo que en lugar de informes carga un montón de lecturas en curso. Le pregunté por sus lecturas pasajeras y me confesó “siempre me subo al avión con un libro en la mano, porque me gusta leer, pero tal vez para evitar que me hable el vecino”

Federico, aficionado insobornable al turismo necrológico, siempre viaja con un libro del escritor holandés Cees Nooteboom, Tumbas de poetas y pensadores. Lleva el libro como parte indispensable de su equipaje de mano y desde hace un tiempo se ha propuesto hacer, como mínimo, un viaje expreso a la tumba de un poeta reseñado por Nooteboom. Este año fue a Baltimore para detenerse, por unos minutos, frente al sepulcro de Edgar Allan Poe.

Los itinerarios de nuestras lecturas pasajeras disminuyen el vértigo y esa angustia que muchos sentimos por los aeropuertos o por el estruendo de un rayo que cae cuando el avión está en medio de la nada. Mario Vargas Llosa cuenta que en un viaje que realizaba junto a García Márquez una tormenta les hizo pensar que iban a morir. Semanas después, el escritor peruano leyó en periódicos y revistas la historia de aquel vuelo, con la sorpresa de que Gabo afirmaba que “yo, aterrado, conjuraba la tormenta recitando a gritos un poema de Darío”.

Por eso las lecturas pasajeras resultan tan importantes como el viaje mismo. Aunque sean cortas y muchas veces queden inconclusas, duran para siempre y están llenas de motivos, como estas palabras que comencé a escribir en medio de un vuelo, para distraer el miedo que me producen los arcillosos vientos de Cúcuta cuando el avión sobrevuela la ciudad.

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