Por: Columna del lector

Ituango: Colombia a escala

Por Juan David Herrera Jaramillo

Los ituanguinos, como se les denomina a los nacidos en Ituango, Antioquia, han padecido el conflicto armado, el narcotráfico y el posconflicto (“padecer”, en vez de “disfrutar”, el posconflicto), como emulando, a escala, las grandes tragedias colombianas.

Allí operaron las Farc, con sus minas y sus bombas, e incursionaron sin clemencia los paramilitares, que robaron, masacraron y desplazaron en medio de la pasividad de la Fuerzas Armadas. Sus periferias, con una riqueza natural que no ha sido valorada lo suficiente, han servido también para cultivar coca, gracias a lo que se han fortalecido financieramente organizaciones ilegales y han nacido pequeñas fortunas.

Su presente, y el de los municipios aledaños, también refleja la improvisación y la incapacidad del Estado de copar los espacios dejados por la guerrilla, que han sido aprovechados, según lo alertó la Defensoría del Pueblo en marzo de 2018, por las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, los Caparrapos, el Eln y las disidencias de las Farc. Además, la banda Pachelly también habría incursionado en el municipio.

Por eso, tanto por su historia reciente como por su presente, Ituango es, en lo señalado, un resumen y un medidor de la situación del país: el Estado, pese a su indudable fortalecimiento en los últimos tres o cuatro lustros, aún no logra doblegar a quienes osan retarle el monopolio de la fuerza en amplios territorios, de ahí que el posconflicto haya cambiado en municipios como éste un solo actor armado por varios, con todas las afectaciones que se derivan de sus violentas incursiones y sus confrontaciones. Desde el punto de vista de quienes padecen la guerra en la cotidianidad, no se habrá ganado mucho si el fusil de las Farc es reemplazado por el fusil de las Autodefensas Gaitanistas.

Bien haría el Estado colombiano en demostrar, en un territorio que es símbolo del conflicto y el posconflicto, que puede garantizar la paz y brindarles a las víctimas el regocijo de la no repetición, hoy amenazada por la ambición criminal encauzada por el narcotráfico, que, aclarado sea de una vez, no dejará de ser un problema grave si se insiste sin cuestionamientos con la ineficaz “guerra” contra las drogas, aunque la sustitución voluntaria de cultivos es un valioso avance en una dirección más razonable.

De lo contrario, las más de 11.000 víctimas que según el Registro Único de Víctimas hay en Ituango no hallarán calma, y los homicidios, los combates y los desplazamientos masivos, como el que hubo en el pasado mes de febrero en el corregimiento de Santa Rita, seguirán siendo, además de Hidroituango, las únicas noticias que el país conozca del Edén del Norte, como con orgullo denominan sus pobladores a la tierra de Jesús María Valle.

Ojalá los ituanguinos, que también han sido estigmatizados por la violencia que han padecido, puedan alguna vez disfrutar del Nudo de Paramillo, símbolo de su riqueza natural, y puedan vivir en paz, tal como lo han añorado sus habitantes y por lo que luchó el más reciente héroe local, el sacerdote Ernesto Gómez, reconocido por atreverse a defender valerosamente la vida de muchos condenados a muerte por paramilitares y guerrilleros y, como acto humanitario, por recoger cadáveres de combatientes sin mirar su brazalete. A él, fallecido en febrero de este año, un homenaje de agradecimiento de parte del ituanguino que firma esta columna.

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2019-04-29T00:00:15-05:00

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