Por: Augusto Trujillo Muñoz

Izquierda-derecha: razones y sinrazones de un debate

El colapso del socialismo real y la ruptura de otros paradigmas de la modernidad cerraron el capítulo del siglo XX y abrieron la posibilidad de evolucionar hacia la construcción colectiva de nuevos paradigmas.

Sin embargo no fue así. Las posturas unilaterales de Bush reeditaron conflictos propios de la guerra fría y tesis económicas propias del capitalismo salvaje. El multilateralismo de Obama abre de nuevo horizontes de evolución política.

En ese marco revivió el debate izquierda versus derecha. A principios de los ochentas el profesor canadiense Jean Laponce y a finales de la misma década el italiano Norberto Bobbio estudiaron los dos conceptos a partir de la lógica según la cual la política es la lucha entre dos fuerzas contrarias: en las democracias, esa lógica se traduce en la formación de una mayoría versus una minoría.

Al analizar el tema Bobbio recuerda la definición del alemán Carl Schmitt para quien la política supone una relación amigo-enemigo, que compara con los binomios bueno-malo, verdadero-falso, bello-feo, etc. De esa tesis se desprende el criterio axiológico que envuelve los conceptos de izquierda y derecha, así como su encasillamiento en el enfoque binario propio del pensamiento occidental y convertido por éste en otro paradigma moderno.

El filósofo español Gustavo Bueno y el portugués Boaventura de Sousa Santos se permiten desbordar aquella díada del siglo XX. El primero, en el año 2002, plantea unicidad en ‘la’ derecha y diversidad en ‘las’ izquierdas, por lo cual es en éstas donde surgen conflictos, a veces irreconciliables. El segundo, en el 2004, comparte la idea de la diversidad, pero reclama su despolarización y propone dar prioridad ‘metateórica’ a la construcción de alianzas y coaliciones en torno a prácticas colectivas.

Bueno formula una taxonomía que le permite distinguir, por ejemplo, entre izquierda radical, izquierda liberal, izquierda libertaria, izquierda comunista, e incluso entre izquierda extravagante, izquierda divagante e izquierda fundamentalista. Santos habla de una fractura epistémica entre la pluralidad de los nuevos actores (grupos étnicos, regionales, feministas) y la izquierda tradicional que, en el siglo XX, solía desdeñar la acción política de aquellos.

En efecto el siglo XXI trajo consigo la idea de lo plural por encima de lo binario y demostró que las sociedades son tan diversas como sus propósitos, pues éstos dependen no sólo de una pluralidad de individuos sino de la voluntad de grupos sociales diversos. En un mundo plural no tienen sentido las díadas. Nada es hoy cierto o falso, bello o feo, blanco o negro. El mundo y la vida están conformados por una gama infinita de grises que supera cualquier enfoque dual.

Además, es preciso definir si derecha e izquierda expresan posiciones doctrinarias o categorías analíticas. Si lo primero el debate sería teórico y comenzaría por el origen mismo de los dos términos. A la derecha de la Asamblea francesa se sentaron los monárquicos y a la izquierda los republicanos. Cien años después tal criterio pierde sentido, pues aparecen monarquías republicanas y republicanos que aceptaron ciertas monarquías como forma de estabilidad institucional o como símbolo de unidad nacional.

A comienzos del pasado siglo el debate se centró en el tema de la propiedad privada y algunas décadas más tarde se desplazó hacia la simpatía o el rechazo a los autoritarismos. Ambas tesis resultan hoy insuficientes. Son múltiples las formas de propiedad y hay autoritarismos de múltiple signo político. Sería más adecuada la referencia a los derechos humanos. Pero es evidente que hay defensores de derechos humanos en las iglesias más conservadoras y violadores de los mismos en los grupos guerrilleros más radicales. A todo parecer las ideologías holísticas se enterraron con el siglo XX.

Ahora bien: si no se trata de posiciones doctrinarias sino de categorías analíticas la cuestión deja de ser teórica para volverse política. Pero ocurre que en la democracia contemporánea la política no es una lucha entre dos fuerzas contrarias, sino una forma de buscar acuerdos mínimos entre los múltiples actores, cuyas expectativas son tan diversas como legítimas. La política debe garantizar que en una sociedad quepan todos los grupos que la integran, así existan entre ellos intereses contrapuestos. Esa es su razón de ser en el mundo actual.

Si izquierda y derecha son categorías analíticas su valor se vuelve coyuntural e indicativo. Es útil para aproximarse hacia la comprensión de un discurso: la postura frente al Estado o frente a los más vulnerables. Pero ello estará condicionado por las contingencias propias de la política. Hoy los principios ideológicos cuentan bastante menos que los principios democráticos. Y ese debate le queda grande a la visión binaria tradicional. Es otra consecuencia de la crisis de los paradigmas. Habrá que volver sobre el tema.

Ex senador, profesor universitario.

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