Izquierda y Constitución

Leí con atención el lúcido y crítico artículo de María Emma Wills (El Espectador, junio 8, “La izquierda, en deuda con la Constitución de 1991”), y quiero recoger algunas apreciaciones paralelas.

La primera, en la que coincido plenamente con Wills: “con sus propias actitudes (un partido) envía mensajes y enseñanzas a la opinión pública, que luego se distancia o imita”. Quisiera solamente agregar que esto no se aplicaría sólo a los partidos, y en esta oportunidad podría decirse lo mismo de los columnistas. Es por ello que me gustaría plantear la idea de Wills en sentido inverso y en forma de pregunta: ¿La Constitución de 1991, en deuda con la izquierda? (aclarando que por “izquierda” no entiendo sólo al Polo, sino a todos aquellos que tenemos ideas de izquierda).

No se pueden negar los avances democráticos de la Constitución de 1991 con respecto a la de 1886 (empezando porque la de la Regeneración era teológico-política), pero tampoco se puede dejar de lado que las grandes promesas de la Constitución del “estado social de derecho” han sido, por decirlo sutilmente, incumplidas. Tenemos la Constitución más larga del mundo, con una gran cantidad de derechos, pero la violación de uno de los principales, el derecho a la vida, nos expone ante la comunidad internacional como uno de los países más violentos del mundo. Por otra parte, la Constitución promete el “pleno empleo”, pero crea una Junta Autónoma del Banco de la República, a la que le interesa casi exclusivamente el control de la inflación y no el empleo.

Quisiera señalar que los ideales de izquierda no se agotan en un Estado y justicia de “mínimos”, cuando la gran mayoría de la población requiere, y con urgencia, mucha más participación (efectiva) que haga realidad una democracia desde lo local y en forma horizontal. ¿Cuántos mecanismos tiene la Constitución que no son efectivos? (revocatorias de mandato; mociones de censura, etc.). Ser de izquierda, coincido con Wills, requiere pluralismo y diálogo público.

Ese será el tema, por ejemplo, del próximo Congreso de Filosofía que se desarrollará en Medellín en julio. Será también la oportunidad de discutir sobre “las izquierdas”, ni estalinistas ni dictatoriales, cada vez más internacionalistas y alermundialistas. Para terminar, considero que la pregunta por quién o quiénes están a la altura de la Constitución de 1991 debe ser aún más performativa: ¿Está la Constitución (con todos sus vacíos originales, más todas las (pésimas) reformas) a la altura de un programa de izquierda (pos) moderno?

 

 Pedro Escudriñez. Bogotá.

Ciudades

Si El Espectador circula entre difuntos, Héctor Lavoe debe reconsiderar su canción, pues aquello de “¿Y para qué leer un periódico de ayer?” quedó revaluado ante un retorno que conservó a diario la calidad semanal. Por ello, retomo la columna que hace un par de semanas nos obsequió William Ospina sobre Brasilia. Titulada “La ciudad sin fantasmas”, en ella asoma la sempiterna controversia entre el diseño y el azar.

Ospina respalda el segundo y muestra a Brasilia como un caso aislado (“la mayor parte de las ciudades del mundo han crecido en sitios que tuvieron vocación urbana desde hace milenios”, comenta). Su discutible tesis anima a trascender la calentura cotidiana; algo que a menudo consigue El Espectador en esta reciente etapa, gracias a periodistas que, según expresó Ana María Cano Posada en otra amena columna (del 23 de mayo), “cuentan con detalle algo que logra producirnos agrado, interés y comprensión sobre el tema”.

En efecto, Ospina inquieta con su bosquejo de una Brasilia “nacida de la mente y no de la tradición” y acrecienta la tensión cuando señala que el tiempo dotará a Brasilia de una vida que Oscar Niemeyer “no supo darle”. ¡Objeción! Si algo pudo el centenario proyectista fue vitalizar la urbe soñada por el presidente Juscelino Kubitschek, y lo hizo en consorcio con Lucio Costa, en lo urbanístico, y en lo paisajístico con otro a quien Ospina omitió, Roberto Burle Marx. Verdad es que sólo la muchedumbre, en su trasegar, vivifica una metrópoli, pero exagera Ospina al invalidar el diseño de la urbe que André Malraux aclamó como “Capital de la esperanza”.

Además, Brasilia tiene compañía. Hay numerosos y fructíferos casos de ciudades planeadas. Hijas de otra tradición. Al construir Brasilia, Niemeyer y su equipo recorrieron la senda que transitó el zar Pedro el Grande, cuando en 1703 abrió, con San Petersburgo, una ventana europea para Rusia sobre las ariscas bocas del río Neva.

Ocho décadas después James Madison, Alexander Hamilton y Thomas Jefferson eligieron, por motivos estratégicos, el paraje sobre el río Potomac donde se ubicó la futura capital de los entonces juveniles Estados Unidos: Washington fue así fundada en julio de 1790. Siglo y medio luego, un arquitecto estadounidense, Walter Burley Griffin, ganó un concurso para crearle capital a Australia: él diseñó la urbe que fue bautizada Canberra en 1913. También en Latinoamérica Brasilia encuentra precedente: en 1882, Dardo Rocha fundó en un paraje denominado Lomas de Ensenada la proyectada urbe de La Plata, actual capital provincial de Buenos Aires.

 Asimismo, en 1951, Jawaharlal Nehru decidió planificar una ciudad como símbolo ante la humanidad de la India contemporánea, el suizo Le Corbusier y Edwin Fry ejecutaron el proyecto que hoy es Chandigarh capital simultánea de los estados de Punjab y Haryana. Ya en nuestros días, hace poco más de una década, el 19 de octubre de 1995, Malasia vio materializado el anhelo de su primer ministro Mahathir Kutty con la aparición de su nueva capital: Putrajaya (de haber secundado a Belisario hasta Colombia tendría una versión de Brasilia en aquel enclave de Vichada donde se localiza la base aérea de Marandúa). Por último, el mismísimo Brasil está repitiendo prodigio: en enero de 1990 fue inaugurada Palmas, otra Brasilia, capital del novel estado de Tocantins, planeada para dos millones de habitantes (ya aloja doscientos mil).

Así que, más de una ciudad nació de la mente, sin mediar tradición; si sólo el acaso y la improvisación hermosearan los hábitats urbanos, muchas ciudades colombianas fruto de caóticos asentamientos serían —como no ocurre— las mejores del orbe. Don William Ospina, dele un chance al diseño. Ni buenas columnas ni metrópolis contemporáneas surgen sólo por casualidad. Ciertamente, tampoco ese prodigio que es hoy El Espectador.

 

 Alfredo Gutiérrez. Bogotá.

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