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hace 5 horas
Por: Pascual Gaviria

Jackson por Warhol

EN 1984 ANDY WARHOL SE ENCARGÓ del retrato de Michael Jackson para la portada de la revista Time. Un Warhol de 56 años se enfrentaba a la imagen de un sucesor.

A cambio de sus pelucas grises y sus mascaradas de Drag Queen en formato polaroid, Jackson mostraba un aire de príncipe infantil, obsesionado por las medallas y los brillantes. También Warhol había tenido su enfermedad con los diamantes cuando roció varias de sus lonas con un remedo de destellos industriales. 

Dicen que Warhol le debe a Dalí, a Duchamp y al mismo Hitchcock el talento para usar el sensacionalismo y el disparate como métodos de promoción. Son sus maestros en el arte de la desvergüenza. Es seguro que Jackson tiene sus deudas con el pintor de Penssylvania. Fue uno de los herederos naturales de sus modales andróginos, su veneración viciosa por la juventud y la belleza, su teatro de tragedias en Neverland. The Factory se llamó la fortaleza de escándalos y glamour creada por Warhol. El prestigio se selló con una balacera que le dejó seis plomos y un aura de elegido.

Tal vez todo estaba escrito para que Michael Jackson se fuera deformando poco a  poco, convirtiéndose en un monstruo de juguete desde su baile al lado de la colección de momias y engendros de Thriller. Todos se quitaron el disfraz y él pescó el maleficio durante la grabación de un simple video clip. Cosas que pasan en los cuentos de terror del Pop. Sin embargo Warhol ya había dado su juicio para absolver a un esperpento obsesionado con la belleza: “Incluso las bellezas pueden no ser atractivas… Creo en las luces bajas y los espejos estratégicos. Creo en la cirugía plástica”.

Luego Jackson se quemó la cabeza en medio de una propaganda de Pepsi, todo por jugarle sucio a las botellas de Coca-Cola que Warhol filó pintadas de verde en uno de sus afiches. Y que veneraba como un verdadero símbolo de igualdad: “Ninguna cantidad de dinero puede brindarte una Coca-Cola mejor que la que está bebiendo el mendigo de la esquina”. Las quemaduras marcaron el principio de su fiebre por los quirófanos, por quitarse el tizne y cambiarlo todo con un sencillo movimiento de nariz.

Entre anestesias se convenció de que lo suyo era un cuento de hadas. En medio de su parque infantil una figura de Marilyn Monroe hacía las veces de diosa de tragedias. La misma lámina que encantó a Warhol, el preferido de sus papeles de colgadura. Con el tiempo la casa embrujada, con el monstruo en plena metamorfosis, se convirtió en una mansión sórdida: una casa del terror según los malpensados, un escondite para las travesuras según los incondicionales.

Más tarde, buscando una guía en su rumbo decadente, se casó con la hija de Elvis Presley —uno más de los enlatados preferidos de Warhol— para tomar un poco de la historia de desgracias finales del otrora rey. Y desde hace unos años estaba dedicado al malabarismo financiero, a la especulación que fue otra de las pasiones de Andy Warhol. Adoraban los billetes, fueran una copia de serigrafía en papel de arroz o fueran contantes y sonantes: “El dinero ofrece cierta clase de amnistía. Cuando agarro dinero, siento que el billete de dólar no tiene más gérmenes que los que hay en mis manos. Cuando paso mi mano por el dinero, me parece que queda perfectamente limpio”.

En el mausoleo de Jackson también lucirá una frase de Andy Warhol como homenaje al país que ha logrado contagiar al mundo entero el amor por sus ídolos: “Estados Unidos tiene la costumbre de volver heroico a cualquiera, o a cualquier cosa, y eso es genial. Uno podría hacer cualquier cosa aquí. O no hacer nada”.

 

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