¿Por qué se conmemora la Semana del Detenido Desaparecido?

hace 1 hora
Por: Jaime Arocha

Jair, mi maestro

A sus 91 años, Jair Londoño Torres ganó su tercera batalla por la vida.

Ya escogió la pinta para regresar a Villa Rosita, su finca en la vereda Bellavista de Córdoba, Quindío. Desde finales de 1971 admiro y respeto a este líder excepcional. Él y Rosita Restrepo, su adorable esposa, me acogieron para hacer la investigación de mi tesis doctoral.

Su biografía dice que pinta al óleo, toca guitarra, compone música de cuerda, hace obras de arte en bambú, es campesino y dirigente agrario. Añado: maestro del asesinado antropólogo Hernán Henao, de mí y de las decenas de estudiantes que a diario pasan a oírlo argumentar contra la distribución inequitativa de la tierra en Colombia o a favor de la paz.

Me enseñó sobre uno de los legados perversos de la Violencia en el Quindío, el latifundio atomizado mediante el testaferrato, con fincas dispersas por varios municipios o concentradas en una vereda. También me inició en la sostenibilidad ambiental y humana mostrándome sus cafetales de arábigo, entreverados con plátano y otros frutales, bajo la sombra de guamos frondosos. Sin embargo, para esos años de 1970, él presentía que la alternativa de la Federación de Cafeteros podría quebrar a campesinos como él, debido a los costos de los químicos que requerirían los cultivos de café caturra a plena exposición solar.

En efecto, esa opción contribuyó a desmoronar la parcelación comunitaria que él imaginó para la tierra por la cual luchó a lo largo del decenio de 1960. Se trataba de la hacienda Bellavista, con 120 hectáreas de cafetales que se enrastrojaban por los vericuetos de la sucesión del tuerto Eladio, muerto en un accidente. Los secuestres les arrendaron lotes a campesinos de la vecindad, quienes recuperaron los cafetos y sembraron plátano, yuca y frutales. A los defensores de los herederos del Tuerto se les abrieron los ojos y, argumentando que había tenido lugar una invasión ilegal, buscaron apropiarse de las mejoras. De ahí el apoyo que los posibles damnificados buscaron en dos abogados de la Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia, quienes luego se confabularían con los sucesores contra los parceleros.

Jair respondió formando el Sindicato de Colonos de Río Verde. Lo unificó pintándole escudo, componiéndole himno y vinculándolo con la Federación Universitaria Nacional y con obreros sindicalizados para ventilar el caso de Bellavista en las plazas de Armenia y Calarcá o amenazando marchar por la Panamericana. El triunfo llegó en 1969, cuando el Incora intervino, delimitando y entregando fincas de 4 hectáreas. Sin embargo, hubo beneficiarios a quienes les atrajo hacerse a un capitalito, y vendieron. A los demás los precios del grano los llevarían a abandonar un proyecto que aspiraba a incluir molinos y beneficiaderos comunales de café.

De ese liderazgo dependió que Jair ejerciera dentro de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, desintegrada por el presidente Misael Pastrana. Ese período contribuyó a que optara por ejercer la vida pública desde su finca, explicando el sentido de las obras que comenzó a realizar con cañitas de bambú. Su discurso alrededor de una de ellas, el Templo de la Paz, involucra nociones de equidad agraria que también aparecen en un libro que terminó en julio, Córdoba, sus gentes y sus hechos. Ojalá su publicación contribuya al éxito del posconflicto.

* El autor hace parte del Grupo de Estudios Afrocolombianos de la Universidad Nacional.

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