Por: Gonzalo Silva Rivas

Jaulas para extranjeros

Refiere el periodista estadounidense Jon Lee Anderson que en el imaginario de su país, Cuba es como una burbuja romántica metida en los años cincuenta, que recuerda el viejo sueño americano cuando los padres bailaban los bailes que salían de la isla y en esta se entretejían las historias de los romances juveniles de aquel entonces, truncados abruptamente con los primeros fulgores de la revolución.

Al decir de Anderson –quien participó como invitado en el pasado Hay Festival de Cartagena y habló para El País de España–, Cuba es una nación que fascina a muchos de sus compatriotas, y en la que se revive la nostalgia “dulceamarga” por lo que hubo y no pudo seguir siendo, cuando las relaciones se truncaron y frenaron en seco esa dolce vita que tanto sedujo a sus visitantes.

La nueva página que se abre para el acercamiento entre los dos gobiernos constituye, como lo citamos en una columna atrás, un positivo indicio del florecimiento de la industria turística cubana, el destino de viajes preferido por los estadounidenses durante la primera mitad del siglo XX, y que sin duda volverá a serlo con la participación de importantes flujos de viajeros, una vez se elimine el embargo vigente y los inversionistas gringos se lancen en estampida para asumir los puestos de mando en la operación de ajustes a la infraestructura turística local.

Los puentes que se construyen conjuntamente, promovidos por Obama casi desde el mismo día de su primera posesión, hacen tránsito con un tímido proceso de cambios que en los últimos tiempos viene ocurriendo en la principal isla antillana, liderados por Raúl Castro, quien curiosamente fue el más severo contradictor de su hermano Fidel en cuanto a la apertura turística de la isla.

En 1980, Raúl se oponía a la llegada masiva de viajeros occidentales, con el argumento de que podrían llegar a contaminar la pureza ideológica de la revolución, pero fue propio Fidel -el menos pragmático de los dos-, quien terminó dando los primeros jalones para el desarrollo de la industria, como respuesta a las necesidades económicas del Estado y con la gráfica explicación de que el régimen podría blindarse de las contaminaciones políticas construyendo “jaulas para extranjeros”.

Fue así, y desde entonces, como se ordenó la destinación de grandes recursos para el desarrollo de la precaria industria sin chimeneas, que aunque viene en gradual proceso de renovación, dista mucho de los altos estándares internacionales que exige el turismo de alta gama. Este sector será elemento capital para la economía cubana y, aunque no forma parte de las bases del socialismo de estado, se convertirá en motor fundamental de su economía, como alguna vez lo fueron el tabaco o el azúcar, y recientemente la biomedicina.

En la disputa regional, la fuerte competencia turística de la isla habrá de sentirse en detrimento de atractivos mercados insulares vecinos como Jamaica, Bahamas y República Dominicana, gracias a una variopinta oferta que trasciende las actividades de sol y playa. El ingrediente especial se descubre en las particulares características arquitectónicas y urbanísticas de sus más visibles ciudades, como La Habana, Santiago o Camagüey, pinceladas por hermosos paisajes y ancladas en los más vivos recuerdos de la historia.

Cuba habrá de revivir como espléndido paraíso gringo y dejará atrás la otra nostálgica evocación de más de medio siglo. Cuando apacible y silenciosa sobrevivió como destino prohibido, nutriendo su turismo –libre de contaminantes brisas ideológicas- entre sutiles “jaulas para extranjeros”. Que sin ser de oro, le han permitido sacar buenos dividendos para apalancar la economía local.

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