Por: Guillermo Zuluaga

Javier Darío, el maestro

De Javier Darío Restrepo también habrá que decir que antes que referente de la ética periodística fue un consumado reportero. Desde finales de los años 80 pude verlo en el noticiero 24 Horas, y él, en la franja de noticias internacionales, realizaba informes un poco más extensos que los de sus compañeros —o así creo o quiero recordarlo— sobre las guerras que por entonces ocurrían en Centroamérica y en el Medio Oriente.

A mediados de los años 90, cuando comencé a estudiar periodismo, él había dejado un poco la reportería y era frecuente en los espacios universitarios hablando de su oficio y de la mirada sobre este. Tengo clara su presencia en la Universidad de Antioquia hablando de su libro Testigo de seis guerras, donde recogía experiencias y contaba que en los textos aparecían muchas notas que conservaba en su libreta de apuntes y que por el poco espacio en televisión no podía contarlas. Y sobre eso nos hizo un llamado: a hacer más anotaciones y estar pendientes de todo lo que pasara, pues en un minuto en los medios es muy poco lo que podía contarse, pero luego habría otros espacios.

Y si bien se sabía reportero y hablaba animado de sus vivencias, de lo que más le gustaba conversar era sobre la búsqueda incesante de la verdad. A él fue a quien le escuché por vez primera —quizá sea de otro autor, pero fue a él a quien se la oí—, que “la primera baja en una guerra es la verdad”. Son palabras que quedan por siempre en la mente de un estudiante.

Desde esos años, siempre lo vimos como un referente de la ética periodística. Dictaba charlas, escribía libros, asesoraba; y más que un académico que conocía del tema, y lo estudiaba y lo reflexionaba, él era una suerte de gurú, o el sabio de la tribu a quien se buscaba cada que había un dilema que desde la práctica fuera difícil de dirimir. A Javier Darío se le puso en ese sitial indiscutido. Y él daba luces, mostraba caminos.

Tuve la fortuna de estar en muchas de sus charlas; en especial, lo recuerdo cuando fui becario del diplomado Periodismo responsable en el conflicto armado, de la Universidad Javeriana y de la fundación Medios para la Paz. Él no solo iba a enseñarnos, sino que practicaba algo de lo que hablaba: se sentaba con nosotros, muchos jóvenes periodistas, y nos escuchaba las historias y los sueños, y a pesar de que aparentaba ser un poco serio, a veces sonreía, era amable y oportuno para aconsejarnos, o recomendarnos un buen libro, o un viaje. Él no paraba de enseñar desde su ejemplo.

Al maestro Javier Darío algo lo hacía además interesante. Quizá sus años le daban cierta aura de respeto, de rigurosidad. Si bien él quería acercarse, uno quería guardar la distancia que se guarda ante ciertas personas y dignidades. Él inspiraba eso. Él representó para muchos ya no al Padre, un poco regañón, sino al Abuelo que alcahuetea y aconseja. Su presencia y sus pasos cortos lograban eso. De hecho, aunque siempre lo vi mayor, uno guardaba la esperanza de que no se iba a envejecer más. De que se quedaría así. De hecho, cuando se caía en la cuenta de que llevaba un amplificador de sonido en su oreja, uno como que lo humanizaba más y entendía que, de todas formas, también era “humano, demasiado humano”. El viernes lo vi por última vez durante un evento del Premio Gabo; iba con sus pasos cansinos y unos papeles bajo el brazo, como casi siempre; y, como casi siempre, se sentó atento, como si fuera un adolescente más, a escuchar la charla de la tarde.

Valga también decir que era antioqueño. Y eso es interesante destacarlo, pero no con el halo de nuestro regionalismo. Él tomó un poco de distancia de estos temas de la comarca. Era más universal en sus temas, en sus formas; uno de esos hombres que con el tiempo habrá que ubicar en un sitial al lado de Fidel Cano, de Alberto Aguirre, de Fernando González, entre otros, que también son faro en esta región, aunque no adulen todo lo de por aquí.

Quizá podamos decir que nos dejó un gran humanista. Alguien que creía que había que ser humano en cualquier campo de la vida. Y más tratándose del periodismo.

En alguna de las cartas a su hija, Javier Darío Restrepo habló de la “inutilidad de la muerte”. Esa que él creía inútil (aunque lo decía para las guerras) se nos lo llevó este domingo. Para fortuna, nos quedan sus enseñanzas, los recuerdos de este Testigo de tantas guerras y de un defensor de la ética: esa que para él tenía sentido en la apuesta por la búsqueda de la verdad y la defensa de la vida.

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Javier Darío, el maestro

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