Por: Alberto Donadio

J.B.

Hace cien años nació J.B. Londoño. Antes de El Patrón fue el prototipo del antioqueño astuto, que hace plata, que trepa desde bien abajo.

Pero sin derramamiento de sangre. Empezó de bodeguero en la Estación Jericó, una parada del ferrocarril en el suroeste de Antioquia. Pasó a oficinista en Roldán, Calle y Cía., una firma comisionista de carga en Medellín. El dueño, Mariano Roldán, fue nombrado ministro de Economía por el presidente Santos (Eduardo) por allá en 1941. Era una compañía con buenas conexiones, lo que le permitió a J.B. conocer a Rudesindo Echavarría, don Rudo, el gerente de Fabricato, y a otras cabezas de industria. También trató al gerente de una compañía de navegación por el Magdalena, un gringo al cual José Bernardo Londoño le parecía un nombre muy largo y se lo abrevió de por vida por J.B. En sus memorias (Así he vivido), J.B. recordó que conoció a Gabriel Echavarría Misas en el momento en que compraba la Locería de Caldas (hoy Corona) “para asegurar el porvenir de mis hijos”. Cuando J.B. le refirió el pensamiento de don Gabriel a su hijo Hernán Echavarría Olózaga, entonces jefe de ventas de Coltejer, la respuesta de éste fue: “¡Ah pereza!”.

En la guerra escaseaban la soda cáustica y otros productos químicos para las fábricas textiles de Medellín. J.B. supo que en México en cambio las compañías alemanas tenían grandes inventarios congelados por la Lista Negra, la Lista Clinton de entonces. J.B. marchó a México, donde Libertad Lamarque le cantó Caminito, bailó con Margarita Cansico (Rita Hayworth) y recibió una carta de su esposa en Medellín que decía: “Me alegro de que tus negocios marchen bien, que las mejicanas sean tan encantadoras y mucho me alegraría que tuvieras éxito con ellas”. De paso, compró los productos químicos que empezó a despachar a Colombia. En poco tiempo, J.B. se convirtió en el hombre que desvaraba a las industrias de Medellín. En 1953 ya tenía un patrimonio de dos millones de pesos. J.B. entró al lenguaje antioqueño en expresiones como “Tiene más plata que J.B. Londoño” y “¿Ud. cree que yo soy J.B. Londoño?”. Y se volvió leyenda cuando se dijo que había importado un millón de zapatos izquierdos por Barranquilla y un millón de derechos por Buenaventura, que la aduana remató por una bicoca y él mismo adquirió. J.B. desmintió y al tiempo le dio vuelo a la ficción o realidad. Al publicar El amor en los tiempos del cólera en 1985, García Márquez adaptó el cuento y puso al padre de Fermina Daza a importar botas sobrantes del Ejército inglés, las del pie derecho llegaron por Cartagena, las del pie izquierdo por Riohacha. El escritor Manuel Mejía Vallejo, oriundo como J.B. de Jericó, habló de la leyenda del “más ágil contrabandista según pésimas lenguas” y escribió: “Siempre he tratado de asumir mi tierra en lo que es y en aquello de que adolece, y su gente me gusta: el aventurero y el santo, la prostituta y el tahúr, el fabricante y el soñador, el echado para adelante, el culebrero y el sermoneador, así no prohíje sus métodos y finalidades. Me gustan los trotamundos con visión de futuro. Y esto ha sido J.B. Londoño, y seguirá siendo hasta después de su muerte lejana”.

 

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