Por: Héctor Abad Faciolince

Jericó no pela el cobre

Estar a priori en contra de la minería siempre y en todo lugar es una tontería. El petróleo es un tipo de actividad minera y casi todos cogemos buses, aviones, taxis, o comemos cosas que traen camiones que se mueven con gasolina. Uso un computador metálico, un reloj, un teléfono, y estos tienen aluminio, acero, cobre, cuarzo, litio e incluso unos cuantos miligramos de oro. Las casas que habitamos requieren minería de cemento, hierro, barro para ladrillos, arena, vidrio, etc.

Una cosa, sin embargo, es extraer cobre en algunos sitios semidesérticos de los Andes peruanos, donde no hay casi pobladores ni grandes cantidades de agua subterránea para proteger, y otra cosa es hacerlo en una región como la del suroeste antioqueño cuya vocación ha sido sobre todo agrícola (café, cítricos, madera), ganadera y últimamente turística. El tejido social no se nutre de las ganancias rápidas, exorbitantes y casi siempre efímeras de la minería, sino de unas tradiciones austeras, recatadas, incluso conservadoras. No todo tejido social es digno de ser conservado, muchos conviene reformarlos, pero la cultura cafetera de un pueblo como Jericó no es como para echarla a la basura de la noche a la mañana.

La región tiene también un inmenso valor paisajístico, hay una riqueza estética en su arquitectura tradicional, en el uso hasta cierto punto ecológico de sus aguas y bosques. Por eso, en principio, estoy totalmente en contra de la minería metálica a gran escala en esta región.

Esto no quiere decir, sin embargo, que no se deban siquiera oír los motivos, los argumentos, los métodos de quienes defienden la minería en esta región. Yo estoy con aquellos ecologistas, geólogos, hacendados y campesinos que se oponen a la minería a gran escala en Jericó. En lo que no puedo concordar con ellos, y fue lo que ocurrió recientemente en el pueblo, es en que ni siquiera dejen hablar a sus antagonistas. A los mineros que opinan distinto. La discusión debe ser siempre abierta y racional, así a esta actitud algunos la llamen tibieza, indecisión. No: las decisiones se toman mejor cuando se sopesan los argumentos y se miden las ventajas y las desventajas. No se puede tratar al adversario como si fuera un flautista de Hamelin que nos va a seducir con un discurso mágico y por lo tanto no se lo puede dejar siquiera intervenir. Eso es extremismo, oscurantismo.

Cuando se decide no sacar el cobre o el oro de una región hay que reconocer que se está renunciando a unos recursos que podrían usarse en escuelas, hospitales, campos deportivos, etc. Si aun después de saber que estoy renunciando a estas ventajas sigo convencido de mis argumentos por motivos culturales, sociales, ambientales, etc., magnífico. Es lo que pienso que haría yo. Pero no se puede silenciar al adversario como si sus palabras fueran venenosas y no se pudieran siquiera oír. Un debate no se gana cuando se silencia al otro, sino cuando se aducen mejores argumentos que los que él presenta. Callar al adversario a los gritos es siempre bochornoso e indica cierto temor a no poder rebatir, con razones mejores, los motivos del otro.

Jericó no debe pelar el cobre arrodillándose ante la minería metálica extractiva. Pero tampoco lo puede hacer callando al otro. A los de centro nos gusta oír todos los puntos de vista, no uno solo. Creo que al final los motivos del No a la minería allá son mucho más sólidos que los argumentos del Sí. No nos vamos a dejar comprar por viajes a minas de oro en Brasil o en Suráfrica (teóricamente inocuas con el medio ambiente). Ese turismo gratuito no se puede aceptar. Y si el otro dice mentiras o intenta comprarte, hay que desenmascararlo. Pero no se puede acusar a nadie de mentir si ni siquiera se lo ha dejado hablar.

Sigo en contra de la minería extractiva en Jericó, por motivos ambientales, culturales, paisajísticos, incluso económicos a largo plazo. Pero toda decisión consciente y responsable solo se puede tomar después de oír a las dos partes.

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2019-04-21T02:40:00-05:00

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2019-04-21T02:45:01-05:00

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