Por: Arlene B. Tickner

Jerusalén celebra, Gaza se desangra

El contraste este lunes entre las imágenes de violencia israelí en Gaza y la celebración de la apertura de la embajada estadounidense en Jerusalén –repleta con alusiones vacías a la paz– no podría ser más grotesco. Desde el inicio de la Marcha del Retorno el 30 de marzo hasta el aniversario del Nakba el 15 de mayo –que conmemora el destierro y desplazamiento que se asocia con la creación del Estado de Israel en 1948– han muerto aproximadamente 109 palestinos y resultado heridos miles más, entre estos menores de edad, mujeres y periodistas.

El gobierno y los militares israelíes, junto con EE. UU., han tildado las manifestaciones masivas que se han presentado en la frontera con Israel como una “provocación hostil” de Hamás que es legítimo contrarrestar con fuerza. Si bien es innegable que dicho grupo es más organizado, goza de más popularidad y ejerce un mayor poder de convocatoria y movilización que otros –incluyendo su principal rival, Fatah, a cargo de la Autoridad Palestina–, reducir la participación de decenas de miles de habitantes de Gaza, entre ellos familias con hijos jóvenes, a la manipulación de Hamás es subestimar el grado de indignación y hastío de sus 2 millones de habitantes y la situación explosiva que se vive allí.

El bloqueo terrestre, marítimo y aéreo de Gaza por parte de Israel y Egipto –con el pretexto de combatir y estrangular a Hamás– lleva más de una década y ha resultado en una inusitada crisis humanitaria caracterizada por la destrucción completa de la economía, el deterioro severo en la prestación de servicios básicos como electricidad, agua y saneamiento, deficiencias marcadas en la educación y la salud –incluyendo la falta de medicamentos y de camas hospitalarias para atender el alto número de lesionados en las protestas–, desempleo, hacinamiento en la vivienda, y prohibiciones mayores a las que existen en el resto del territorio palestino sobre la movilidad de los habitantes. Pese a permitir el suministro de ayuda por parte de Naciones Unidas –de la cual depende un 60 % de la población–, la negativa israelí a levantar el bloqueo y a admitir la existencia misma de una crisis humanitaria –que atribuye a una estrategia de engaño de Hamás– dificulta la búsqueda de soluciones.

Aún si se reconoce el derecho de defensa del Estado de Israel y se desconoce el de retorno de los refugiados palestinos –lo cual no es el caso de la mayoría de países del mundo–, es imposible justificar un uso tan excesivo de fuerza contra manifestaciones generalmente pacíficas que no plantean un peligro inminente a la seguridad ni a la integridad de las fronteras israelíes. De allí la condena de muchos gobiernos, así como el debate (infructuoso) en el Consejo de Seguridad de la ONU. En ese contexto, el mensaje de Israel y de Estados Unidos –el mismo día en que hubo 60 muertos y 2.700 heridos en Gaza y se inauguró una nueva sede diplomática en territorio disputado– resulta doblemente cínico y funesto: la violencia contra los palestinos es legítima y por ende no es problema, y las perspectivas de crear un Estado palestino con sede en Jerusalén son inexistentes.

 

 

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