Por: Juan David Ochoa

Jerusalén

Con la misma frivolidad de su política de espectáculo peligroso, Donald Trump ha ordenado trasladar la embajada de Tel Aviv a Jerusalén: un polvorín de milenios con fuego enterrado  bajo las capas y las capas de todos los conflictos que hicieron de esa región el baluarte de todos los reinos.  Los judíos padecieron allí la incursión de los ejércitos del rey Nabucodonosor y la caída del Templo. Lo construyeron y lo ampliaron con la devoción hipnótica de los lugares sagrados, y lo vieron caer, otra vez, por las legiones romanas de Tito. Los árabes, desde la Siria meridional que atravesaba los mismos contextos, se disputaron la región con los relevos de sangre junto a los otros ejércitos cristianos que la tomarían como suya, y harían el relevo entre todos para disputarse la oficialidad y la pertenencia divina, desde siempre hasta hoy.

Pero el problema sustancial de este conflicto que tiene ya una coyuntura exclusivamente contemporánea proviene de la fundación del Estado de Israel, cuando Palestina se vio obligada a dividir su territorio para el pueblo que venía migrando por siglos y antípodas del mundo sin territorio oficial, y venían de ser reducidos a cenizas por las órdenes del Tercer Reich. La nueva región fijada por la ONU trascendía las tensiones religiosas  a las abstracciones fronterizas de la política y a la tensión de los nuevos ejércitos que se empezaban a ver la cara a pocos metros de distancia. La Guerra de los Seis Días afianzó la naturaleza de un polvorín sin solución, y Jerusalén, la ciudad que contenía el centro de todas las pasiones y las causas fundacionales de las religiones enfrentadas, fue tomada por la poderosa imponencia militar de Israel: bajo su nuevo mando y su ley quedaron también Cisjordania, la península del Sinaí y la franja de Gaza: esa banda estrecha que ha sido retomada progresivamente por Hamás, una mina yihadista entre todo el fuego concentrado.

Los acuerdos de Oslo matizaron la violencia y el humo sin que se hayan cerrado aún las negociaciones más crudas, las que contienen la esencia misma de la adversidad y el odio: la oficialidad del territorio central donde convergen las cunas de los Dioses. Jerusalén sigue siendo el violento problema irresuelto, y por la misma razón ha mantenido un estatus de neutralidad y vigilancia internacional que le han dado el aura de una región cuasi apolítica. Provocándola en su pólvora dormida, estallarían las razones de los viejos conflictos y las fisuras del acuerdo que sigue pendiendo de un fósforo.

La decisión de enviar la embajada estadounidense a la caldera tiene un objetivo absolutamente práctico: afianzar la hegemonía de su fuerte alianza israelí en la región, aunque sea irresponsable y criminal. Y sus consecuencias, al parecer todavía desconocidas por un político subnormal, pueden generar el rompimiento de los acuerdos y la implosión de un resentimiento vivo, ahora cuando los líderes diplomáticos  carecen y los mismos movimientos radicales han incrementado sus armamentos y otras razones bélicas  por los mismos incentivos de la potencia mundial que ahora intenta recrudecerlos, reuniéndolos a todos en el último lugar de la tierra que debería escogerse.

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