Por: Beatriz Miranda

Jerusalén, una promesa de campaña

Nadie puede negar el espíritu provocador del presidente Donald Trump. No obstante, hay que reconocer que, a pesar de sus decisiones intempestivas, pareciera que es uno de los pocos mandatarios del mundo dispuestos a cumplir sus promesas de campaña.

En su corto año de mandato insiste en construir el muro en la frontera entre México y Estados Unidos, retiró a su país del Acuerdo de París sobre cambio climático, dio marcha atrás a las conversaciones con Cuba, se levantó de la mesa de negociaciones del Acuerdo de Cooperación Transpacífico (TPP), inició la revisión del Tratado de Libre Comercio para América del Norte entre Estados Unidos, Canadá y México, durante largo tiempo debilitó financieramente a la Unesco, restándole importancia, y ha desafiado a Corea del Norte sin medir las consecuencias para el mundo de un conflicto nuclear con el país liderado por Kim Jong-un. El último 4 de julio, Pyonyang lanzó el misil balístico intercontinental, dedicado como “regalo” a los “bastardos estadounidenses” por el día de su independencia. Mientras tanto, el mercado de armas se ha activado con jugosos contratos de venta en Oriente Medio.

La semana pasada, Estados Unidos, con actitud soberbia, anunció que Jerusalén será la nueva capital de Israel. Para muchos, una decisión equivocada que incrementaría el extremismo en una región en llamas.

La histórica alianza entre Estados Unidos e Israel sigue vigente, no sólo en lo que respecta al asimétrico conflicto Israel-Palestina, potencia militar ocupante versus pueblo ocupado, sino que ambos caminan juntos por los cuatro cantos del globo en una gran cruzada por la defensa de los intereses estratégicos de una minoría que tanto daño ha hecho a los pueblos del mundo.

Según Tariq Ali, escritor paquistaní, “la decisión de Trump de reconocer a Jerusalén como capital de Israel atenta contra todos, absolutamente todos los estamentos del derecho y la legalidad internacionales. Aquí no caben otras interpretaciones. Jerusalén, según todas las resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas y los dictámenes del Consejo de Seguridad, es una ciudad ocupada por Israel, no es parte de Israel”.

El anuncio de Estados Unidos ha provocado innumerables reacciones en la comunidad internacional. El viernes, las plegarias fueron seguidas de protestas en Jerusalén Este, Cisjordania, la Franja de Gaza y en muchos países árabes bajo las consignas: “Jerusalén es árabe” o “Jerusalén es la capital de Palestina”, y quema de banderas de Estados Unidos e Israel.

Por su parte, el grupo Hamás esperaba que este día de la ira fuera el inicio de una nueva Intifada “para defender a Jerusalén”, luego de cumplir 30 años de la primera.

Que el 2018 devuelva la esperanza de una Palestina libre y sin ocupación territorial, un mundo sin muros, sin colonias ilegales, bloqueos, refugiados y democracias heridas.

Esta columna regresará el 15 de enero

 

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