Por: Luis Carlos Vélez

Jerusalén y el miedo

El miedo no debe ser razón para tomar medidas de Estado. Si el miedo vence, entonces se les está reconociendo la victoria a quienes lo ejercen. Esa es la retórica que motiva a que las personas salgan a la calle tras un atentado terrorista. Es lo que nos dicen cuando nos invitan a volver a trabajar y estudiar luego de que nos dañan, ofenden o agreden. Continuar, ante la amenaza, es el paso de la vida.

Luego de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunciara que trasladará la sede diplomática de su país a Jerusalén, el mundo reaccionó casi unánimemente con rechazo. Se argumenta desde casi todos los espectros que se trata de una medida innecesaria que generará atentados y violencia en el mundo. El miedo de que la respuesta extremista sea enorme y cause miles de muertos es uno de los fundamentos para esas múltiples voces. Pero en este caso, como en todos, hay dos caras de la moneda, y en este en particular es importante abordar el tema separando al miedo de la historia y a la historia de Trump. Me explico.

Israelíes y palestinos reclaman la ciudad como su capital y su centro religioso. En 1948, tras la guerra Arabe-Israelí, Israel obtuvo el control del lado oeste y luego, tras la guerra de 1967, logró el control de la otra mitad. Antes de esto, tras la Segunda Guerra Mundial y el holocausto, la ONU designó a Jerusalén como zona especial internacional. Sin embargo, los líderes israelíes, reconociendo la importancia religiosa de la ciudad para los palestinos, entregaron las zonas en donde se encuentran los templos más representativos árabes. La entrega de la responsabilidad de los sitios importantes del islam a los musulmanes fue después de la guerra del 67.

Pasar la embajada de EE. UU. a Jerusalén no es un cuento de Trump. En 1995 el Congreso estadounidense aprobó el Acto de “La Embajada de Jerusalén”, que establece el traslado de la sede diplomática desde Tel Aviv no después del 31 de mayo de 1999. Sin embargo, A pesar de haber sido promesa de campaña de Bush, Clinton y Obama, una vez en la Casa Blanca, los tres encontraron razones para ignorar la ley y sus discursos electorales.

En términos prácticos, Jerusalén es la capital de Israel, simplemente no cuenta con el reconocimiento internacional para confirmarlo. Siempre se consideró el tema de Jerusalén el más difícil en una eventual negociación de paz para el establecimiento de dos Estados y, por lo tanto, debería ser el último en abordarse. El otro ángulo de este tema es Trump, un presidente que despierta odios a nivel mundial y que no se destaca por tomar determinaciones calculadas, inteligentes y precisas. El mandatario, altamente impopular en el mundo, aseguró que su medida está en el mejor interés de EE. UU. en su búsqueda de buscar paz entre palestinos e israelíes. Cualquier decisión que tome, primero tendrá que pasar por el filtro de la incredulidad e impopularidad. Si este paso lo hubiera dado otro presidente estadounidense, muy probablemente la reacción global hubiera sido completamente diferente.

Vendrán los ataques de Isis, los atentados de Hamás y la violencia extremista en EE.UU., pero ante este anuncio vale por lo menos intentar sobreponerse a los odios a Trump, revisar la historia, escuchar la otra cara y sobre todo no dejarse paralizar por el miedo.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Luis Carlos Vélez

Mi novia es tan perfecta que debe estar loca

Mattos y los delitos cotidianos

Armas de desinformación masiva

Colombia, cómplice de Venezuela

Una semana de terror institucional