Por: Gloria Arias Nieto
Pazaporte

Jesús

Hay denuncias en blanco y negro; gritos en silencio, que no necesitan ni una sola palabra para encerrar en una imagen todo el dolor del mundo. Existen porque alguien algún día se tomó el trabajo de sentir la tristeza ajena como si fuera propia y comprendió que había que contar la historia.

Las fotografías de Jesús Abad Colorado y su documental El testigo son así; denuncia del horror y un entrañable abrazo a las víctimas.

Jesús llegó con su familia a la comuna 13 de Medellín antes de cumplir su primer año de vida. La violencia los desplazó del campo, pero no les arrancó ni la bondad ni el amor.

Su abuelo José María y su tío habían sido asesinados, y la abuela María Dolores había muerto de tristeza. Sin embargo, nadie en la familia habló de venganza. Tampoco hubo justicia ni tiempo para el duelo. Así pasa, y se han cubierto de luto pueblos enteros, porque la violencia lleva décadas recorriendo —absurda y fulminante— las trochas y derrotas de Colombia.

Hace tres años vino un paréntesis, una confianza: la firma del acuerdo de paz y el desarme de la guerrilla más antigua de América. Hoy nada es claro. Nada es lógico. La intimidación y el fanatismo han vuelto a sacar sus banderas, como si matarse fuera una necesidad o una orden. Caen asesinados campesinos, candidatos, exguerrilleros, niños de brazos, niños en la mira, niños que huyen. Todo puede pasarnos; todo, menos abandonar la búsqueda de una paz total.

Jesús lleva 25 años acompañando a las víctimas de la guerra; ha estado con ellas mientras lloran, mientras visten a sus muertos, recogen las cenizas, clavan cruces en la tierra y se van luego para ninguna parte. Su abrazo y su mirada han permitido que el resto del mundo las conozca y no las olvide.

La semana pasada Jesús estuvo en Washington y Nueva York presentando El testigo, el registro de 25 años de una violencia que es una vergüenza, venga de donde venga. Crímenes de Estado, de ignorancia, de movimientos armados que a todos se les salieron de las manos. Pudieron más las balas que los ideales, la corrupción que la política, la barbarie que la razón; la guerra quemó iglesias, familias y escuelas; los ríos se mancharon de sangre y petróleo, y el campo, de escepticismo. Jesús sabe que “la guerra la perdemos todos”.

Ahora que tenemos la opción de reiniciarnos en modo reconciliación, ¿seremos tan enfermos de empeñarnos en los rituales y los negocios fraguados por la violencia?

Colombianos que hace años viven en Estados Unidos vieron el documental y sintieron tristeza, rabia, necesidad de regresar y ayudar. ¿A qué hora pasó Colombia y ellos no lo vieron? Mezcla de emociones, lágrimas y un montón de preguntas por un país que ni aun habitándolo se comprende, pero nunca se deja de querer.

Jesús Abad ha sido el testigo de los desplazamientos y los sacramentos. Ha ganado los premios más importantes de periodismo, de fotografía, vida y obra, y hace un par de semanas recibió el Reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo 2019. Europa y América lo han aplaudido, porque su trabajo está lleno de sentido, de respeto y verdad.

Ha vuelto a las veredas a buscar a sus amigos, sobrevivientes, campesinos hechos de alma y piel. Los niños ya son adultos y él ha sentido en ellos las cicatrices de la guerra. A pesar de todo —o por todo—, la mirada de Jesús irradia una inagotable ternura; imagino que así es la luz de la paz.

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2019-09-23T15:06:25-05:00

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