Por: Reinaldo Spitaletta

JFK, asesinato en Dallas

Cuando asesinaron a John F. Kennedy, hace cincuenta años (22 de noviembre de 1963), el mundo estaba en plena Guerra Fría, los cubanos habían rechazado la invasión a Bahía Cochinos, había pasado la crisis de los misiles y Vietnam era un punto crítico de la disputa Unión Soviética y Estados Unidos.

Cuando lo mataron en Dallas, los Estados Unidos segregaban a los negros, que ya llevaban años de luchar por sus derechos y se sentían marginados y humillados en un país que hablaba de libertades y democracia. Ya los Estados Unidos, en cabeza de su presidente Kennedy, habían diseñado una política de “ayuda” a América Latina, la Alianza para el Progreso, que había sido pulverizada por el Che Guevara en un discurso en Punta del Este, Uruguay.
Cuando asesinaron a Kennedy que, junto con su hermano Robert, fue amante del máximo símbolo sexual gringo, la mujer fatal Marilyn Monroe, ya habían matado en el Congo a Patricio Lumumba, del cual Kennedy se había confesado admirador. El crimen, auspiciado por la CIA y el servicio secreto británico, se ejecutó poco antes de la posesión de Kennedy como presidente.

Quizá no se ha invertido tanta tinta ni ha habido tantas especulaciones en torno a un asesinato como es el caso de Kennedy, sobre el que se han filmado películas, escrito libros, formulado decenas de hipótesis y sobre el cual todavía no hay una definitiva conclusión. Se sabe de sus contradicciones con la CIA de Allen Dulles, al que Kennedy despidió. Se conoce también de las simpatías que tuvo Kennedy con el movimiento de liberación argelina, en una postura que pretendía oponerse a Francia y también al imperialismo británico.

Acerca del caso argelino, una organización secreta francesa asesinó al aliado de Kennedy, el industrial italiano Enrico Mattei, que apoyaba al movimiento anticolonialista de Argelia contra Francia. Digamos que John F. Kennedy, de origen irlandés, estuvo metido en una vorágine política en la que unas veces se le vio siguiendo la línea de Franklin Delano Roosevelt y su doctrina del “buen vecino”, y otras en franca contradicción frente a Truman y Eisenhower.
Una de las más sonadas intervenciones de Kennedy sucedió cuando la crisis de los misiles en Cuba, en octubre de 1962. Fidel Castro solicitó a los rusos instalar misiles ofensivos en la isla con el propósito de evitar o repeler cualquier intento de invasión norteamericana. Quizá nunca antes estuvo el mundo tan cerca, tras las dos guerras mundiales, de una conflagración planetaria. Nikita Kruschev, el ruso, cedió ante Kennedy y retiró los misiles. El pueblo cubano coreó con rabia, durante buen tiempo: “Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”.

Kennedy mantuvo relaciones tensas con los británicos, en su ambición de dominar el mundo. Era la disputa por el control de los mercados, de territorios productores de materias primas en África, Asia y América Latina, entre dos superpotencias, que, a su vez, en su expansionismo, se enfrentaban a una tercera, la Unión Soviética.

En los días de Kennedy se logró la suscripción del tratado entre los soviéticos y los norteamericanos para la prohibición de pruebas nucleares. Y, a su vez, el gobierno estadounidense apuró los planes de exploración espacial, con la aprobación de enviar hombres a la luna a fines de los sesenta. La Guerra Fría superaba los límites del orbe y se trasladaba al espacio sideral.

Fidel Castro, en 1963, quizá ya cansado de ser un satélite soviético, tanteó a Kennedy y propuso concesiones a los gringos a fin de zafarse del dominio ruso y porque, según informes de William Attwood, asesor de Kennedy, ya tenía contradicciones con el “procomunista” Che Guevara. Como se sabe, el acercamiento jamás llegó. Lo impidió el asesinato del presidente norteamericano.

En los tiempos de Kennedy se crearon los cuestionados Cuerpos de paz, acusados de actividades de espionaje y con propósitos neocolonialistas. Incluso, en Colombia, a miembros de esa organización se les atribuye la creación del tráfico de estupefacientes y la capacitación a nativos para la elaboración de cocaína.
Cuando mataron a Kennedy, presidente gringo que visitó Colombia en 1961, ya en el mundo sonaban Los Beatles y en el país del Corazón de Jesús la violencia se extendía por campos y ciudades

 

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