Por: Columnista invitado

Jíbaros

En los años setenta prosperó en La Guajira el negocio ilegal de la marihuana. Un pedazo de la vía que va de Santa Marta a Riohacha era la pista de aterrizaje de las avionetas que transportaban la hierba.

Por: Alberto López de Mesa*

Ya antes, con el fluctuar de los contrabandistas, las autoridades internacionales habían reconocido el talento y los cojones del colombiano para ganarse la vida en mercados ilícitos. Vale recordar que aquí la policía, los políticos y los empleados del Estado rápidamente se acostumbraron a los sobornos y favores de los traficantes, y la sociedad entera, apenas estupefacta, hasta envidiaba las extravagancias de los nuevos ricos.

Con este antecedente fue fácil la aparición y desarrollo del negocio de la cocaína: tierras fértiles camufladas en la espesura de la selva; rutas expeditas, trazadas y trajinadas por contrabandistas y marimberos; autoridades ya adiestradas para la corrupción; grupos armados que ganaban su parte prestando la seguridad; una inmensa población de pobres sin opciones de empleo ni de educación, y un Estado desentendido de la realidad. Estábamos predestinados para ser el país del narcotráfico que produjo demonios memorables (Pablo Escobar y Rodríguez Gacha entre tantos). De todo este tiempo hay una historia inédita y subrepticia: la del mal llamado microtráfico, el multimillonario mercado de sustancias prohibidas (perico, bareta, bazuco, pepas, opio, hachís, heroína).

En este negocio las cabezas son los grandes capos del narcotráfico con filiales internacionales pero que no descuidan el mercado interno. Lo mantienen responsabilizando de la producción y distribución a capos menores que a su vez conforman unas cuadrillas de expendedores a los que conocemos popularmente como jíbaros. Para nuestros analistas mediáticos acostumbrados a leer en blanco y negro las dinámicas humanas, los jíbaros son los malos de la película, ignorando la esclavitud y la ignominia a las que son sometidos por sus superiores: en horarios mal sanos de trabajo, en los riesgos con la ley, porque son ellos los que caen a las cárceles sin ningún respaldo de sus patrones.

En tiempos del Bronx en Bogotá, eran muchas las madres solteras, cabezas de familias, que oficiaban de jíbaras. Aún hoy las vemos con sus bareques en las ciudades colombianas. Los callejeros bogotanos conocimos drogadictos obligados a vender estupefacientes y a ser la carne de cañón en el mercado infernal. El jíbaro en Colombia es tan víctima como el adicto. Entró al mercado de ilegales como respuesta a un abandono de la sociedad y del Estado. Viven señalados, perseguidos y en riesgo constante. Hace falta que las instituciones de servicios sociales piensen en esta población sin prejuicios, con el mismo sentido humanitario con que se asume al adicto.

*Arquitecto y habitante de calle

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