Por: Rocío Arias Hofman

Jorge, el gran barón

ME ENCANTAN LAS CITAS SEMANAles con el hombre del traje impoluto. No me reprimo para nada. Busco un televisor y, control remoto en mano, averiguo dónde se encuentra este infatigable viajero de quijada cuadrada, labios inmóviles de ventrílocuo, mirada impasible, brazos bien pegados al cuerpo como de maniquí y siempre dispuesto a provocar nuestra algarabía con una estrofa inolvidable: “este es el momento de la gente”, remacha en cada pueblo.

Ya que no viajo como quisiera por el territorio nacional, los conciertos que organiza este monstruo de multitudes me permiten recorrer por departamentos el país que quiero con la alegría inconsistente de quien se instala cómodamente a que le muestren cómo sudan otros. Eso sí, tengo siempre la duda enorme de si el desplazamiento de nuestro hombre es real o ficción porque en sus programas todas las plazas se parecen. Debe ser efecto de la escenografía portátil que carga desde hace más de veinticinco años para ponerle música a rincones como Chinácota, Norte de Santander.

Como quien acostumbra a desafiar las leyes, las modas y el qué dirán, a Jorge Barón no se le mueve una pestaña a la hora de imponer su estilo. Ya me lo confesó hace un par de años su peluquero de confianza, un hombre de bigotillo que nació con un par de tijeras en la mano y continúa atendiendo al cliente que lo hace sentir más orgulloso en un local escondido al lado de un billar en inmediaciones de la avenida Jiménez de Bogotá. “A don Jorge le gusta su peluqueado así” y el hombre abombaba la mano para marcar el volumen del pelo hacia los lados de la coronilla. Para corroborar el orgullo que inflaba su pecho con solo mencionar el nombre de este showman fiel a sus trazos sesentudos, el peluquero mantiene un televisor de catorce pulgadas prendido con una cinta de vhs donde muestran pregrabados de “Los shows de las estrellas”.

Pues tal es el estilo de este gran barón de masas que me atrevo a asegurar que es una de las poquísimas figuras mediáticas que no ha tenido que cambiarse nunca el color de la camiseta como Juanes para llenar estadios a favor de unas causas y otras. Tampoco le han otorgado doble nacionalidad cuando pisa Nariño o Mitú como a Miguel Bosé y vean pues cómo le va de bien con la convocatoria. Al dueño del “agüita pa’ mi gente” las famosas comunidades virtuales tipo facebook, hi5, flickr y demás le traen sin cuidado. Cómo no, si ha sabido mantener con éxito la mojadita de las camisetas ombligueras de adolescentes empinadas y barrigonas maduras por toda Colombia sin necesidad de hacer un solo click.

El  otro día, subido en la tarima de don Jorge, declaraba el cantante y compositor venezolano Luis Silva con voz pegajosa que “al pueblo hay que darle lo que pide el pueblo” y acto seguido se largó con la siguiente joya inmarcesible: “las mujeres bailan desnudas a plenitud/a ella se le ha propuesto matrimonio sin derecho a decir que no”. ¿Quién le diría que no a Jorge Barón incluso cuando deshoja con paciencia beduina su retahíla comercial que contiene marcas insólitas: “el show de los olores es la gran fiesta Big de la limpieza total… Inter Rapidísimo S.A., entregas de una…. En toda Colombia se vibra con pilas Trónex”?

Yo soy una entregada total a la causa asombrosa de Jorge Barón. Algún día me gustaría estar con él tras bambalinas en algún punto del territorio nacional. Creo que sería como acompañar a Melquíades en la parte más fascinante de su misión: la de armar la carpa y esperar que el público llegue a disfrutar del circo.

 

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