Por: Gustavo Páez Escobar

Jorge Eliécer Ruiz

Con la muerte de Jorge Eliécer Ruiz, el pasado 26 de marzo, desaparece el último sobreviviente del estado mayor de la revista Mito. Fundada en 1955 por Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus y Hernando Valencia Goelkel (oriundos de los dos Santanderes y nacidos en los años 20 del siglo pasado), la revista contó con una selecta nómina de colaboradores, como Pedro Gómez Valderrama, Jorge Eliécer Ruiz, Fernando Charry Lara, entre otros.

Está considerada como el hecho literario más importante del siglo XX. Fue tan marcado su influjo, que le dio el nombre a toda una generación. Su mayor acento se encaminó a despertar la conciencia del país sobre el viraje que debía darse hacia una posición de izquierda, no en el neto sentido político, sino sobre  todo de ruptura del tradicionalismo, y respetando la presencia en el grupo de algunos importantes adherentes del Partido Conservador. Lo que en realidad interesaba era la liberación del pensamiento.

Mito buscaba como base fundamental romper el marasmo de las ideas tanto en el campo político como en la concepción estética de las letras y el arte. Quería que las vanguardias ignoradas que insurgían en el país encontraran caminos para expresarse. Para lograrlo, era preciso variar los moldes tradicionalistas que no permitían pensar ni obrar con ideas frescas. El maestro Valencia, siendo tan importante en su preciosismo poético, era al propio tiempo un freno para la evolución de las nuevas generaciones.

Este paso adelante lo dio Mito. Su existencia, de solo siete años (1955 a 1962), durante los cuales publicó 42 números, representó una revolución en la literatura colombiana. La revista llegó a su final con la muerte de Jorge Gaitán Durán en un accidente de aviación, cuando en 1962 regresaba de París en un viaje de vacaciones. Dos años más tarde moría Eduardo Cote Lamus en un accidente automovilístico en la carretera entre Pamplona y Cúcuta.

Después fueron desapareciendo los otros integrantes del grupo, que llegaron a ser numerosos. Sobre Jorge Eliécer Ruiz era poco lo que se sabía en los últimos años. Se marginó de toda actividad. Yo llevaba muchos años sin verlo, hasta que me enteré de su muerte por un aviso fúnebre de El Tiempo.

Toda su vida estuvo consagrada a la educación y la cultura. Deja en estos campos una gama de brillantes realizaciones que se quedaron, triste es decirlo, en el pasado nebuloso que crea la amnesia de los tiempos. Su nombre poco le dirá a la época actual. Pero sus actos no pasarán inadvertidos en las memorias universitarias y culturales, que es donde deben permanecer.

Escritor, ensayista, poeta y crítico literario, vivía en función de estudiar, pensar y crear. Estuvo vinculado a las universidades Distrital, Nacional, Jorge Tadeo Lozano y Central, unas veces como directivo y otras como asesor. Fue director de la Biblioteca Nacional, subdirector de Colcultura, secretario general del Ministerio de Educación (cuando no existía el cargo de viceministro), consultor de la Unesco y de las Naciones Unidas, consejero cultural de los presidentes Belisario Betancur y Virgilio Barco.

Autor de los siguientes libros: Sobre los estudiantes y la política, Troksky y la revolución, Cultural policy in Colombia, Memoria de la muerte (1973), Política cultural en Colombia (París, 1976), Sociedad y cultura (1984), Baldomero Sanín Cano (1990), Con los esclavos en la noria y otros ensayos (1992). Es autor del prólogo y efectuó la revisión de La otra raya del tigre, de Pedro Gómez Valderrama, para la Colección Ayacucho de Caracas (1992). En 1995, seleccionó el material y escribió el prólogo para la Antología de Pedro Gómez Valderrama –prosa y poesía– publicada por el Instituto Caro y Cuervo.    

Creo que la mayor parte de la obra de Jorge Eliécer Ruiz está dispersa en periódicos y revistas. Por otra parte, sería importante averiguar por el material que dejó inédito. Era cuentista, pero no publicó ningún libro de este género. Conozco un excelente cuento suyo, Retrato de una mujer madura de provincia, publicado el 15 de septiembre de 1974 en Lecturas Dominicales de El Tiempo, y sé de otro, titulado El viaje.

El poemario Memoria de la muerte, que dedica en 1973 a Teresa Correal, su primera esposa recién fallecida, es una obra que refleja honda desolación. Ahí está dibujada la angustia existencial que siempre lo acompañó. Dice lo siguiente en los versos finales, como anticipándose –38 años atrás– al encuentro con la parca: “Nada quiero saber. Del tiempo nada / quiero tomar en préstamo ilusorio. / Una candela tengo preparada / para encender las ascuas del velorio,  / cuando apartado del mundo transitorio / pueda besar la luz de su mirada”. Se me ocurre pensar, releyendo estos poemas de miedo, dolor y agonía, que Jorge Eliécer es el perfecto oficiante de la muerte.

Sobresalen hoy en los mismos campos de la cultura y el arte sus hijos Pedro Ruiz Correal, considerado uno de los mejores maestros de artes plásticas del país, y Clarisa Ruiz Correal, escritora, comunicadora social y filósofa, directora de teatro y gran impulsora de actividades culturales de la capital.

Jorge Eliécer Ruiz fue un intelectual nato, lector impenitente y realizador de hechos destacables y escritos eminentes que enriquecen el patrimonio culto de la patria.    

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