Por: Cristina de la Torre

Juan Pablo 'Superstar'

SALVO LA HONDA EMOCIÓN DE LA multitud en la Plaza de San Pedro, todo sugiere que la beatificación de Juan Pablo II es recurso desesperado de la Iglesia para recuperar a la feligresía remisa y el poder perdido.

Como en los viajes pastorales del Papa peregrino, de inocultable intención política, el espectáculo de este domingo buscaba compactar la grey sin borrar la estela de estos 30 años de oscurantismo, corrupción y extremismo de derecha en el Vaticano. Silenciado por el entonces Pontífice, el teólogo católico Hans Küng —vocero de la corriente liberal y evangélica de Juan XXIII— advertía que los grandes montajes escénicos no habían impedido la estampida de millones de fieles en protesta contra la “restauración” que aquél había emprendido. Juan Pablo habría simbolizado la divisa de la libertad, pero su mandato antirreformista sumió a la Iglesia en una crisis letal de credibilidad: “Tras su fachada relumbrante, se volvió senil” (El País, IV-05). Contra el Concilio Vaticano II, contra el callado sacrificio de miles de sacerdotes afectos a la doctrina de Jesús, emergió de sus cenizas el medievalismo. Según el hostilizado pensador, se montó un aparato de poder totalitario; se metió a los obispos en cintura; se amordazó a los teólogos; se discriminó a las mujeres, se les negaron sus derechos a los seglares. Juan Pablo protegió a pedófilos como Marcial Maciel, obispo Fundador de los Legionarios de Cristo. Y cohonestó la corrupción financiera del Vaticano. La nueva doble moral prohibió el condón, condenó el matrimonio entre homosexuales, convirtió el aborto terapéutico en asesinato.

En su haber estelar figura la caída del estalinismo. La censura de Wojtyla desde la silla papal al gobierno comunista que tiranizaba a su muy católica Polonia trocó la religiosidad del pueblo en la fuerza política que derrocó la dictadura. Le siguió el entierro en serie del odiado bloque soviético, en el cual puso el Pontífice su vela. También la puso Ronald Reagan, su amigo y aliado en aquella gesta contra el comunismo, colmando de dólares la rebelión polaca. En idéntica cruzada, la CIA había promovido el golpe militar de Pinochet en Chile. Y Juan Pablo visitaría, entre otros déspotas, al chileno: un acto de legitimación religiosa de la dictadura. El Salvador no olvida el asesinato de monseñor Romero por paramilitares cuando, después de rogarle apoyo para su pueblo, el Papa lo abandonó a su suerte. Acaso la campaña de Wojtyla contra el comunismo (o cuanto le pareciera comunismo) no se inspirara siempre en la democracia sino en autoritarismos de signo contrario, de derecha.

Persiguió, por ejemplo, hasta desaparecerla, la Teología de la Liberación. De estirpe evangélica, esta corriente militaba en la “opción social por los pobres” que el Concilio Vaticano II había trazado como divisa de justicia social. No bien coronado Papa, Juan Pablo acudió a la Conferencia Episcopal de Puebla, para marcar su viraje  radical hacia la “restauración” de la Iglesia. Entonces cobró nuevo vigor el tenebroso integrismo católico, mediante organizaciones como el Opus Dei. Y la Congregación para la Doctrina de la Fe, la nueva Inquisición, entonces presidida por el cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI. La censura de la Inquisición se vistió siempre de religión, pero fue política. Como política es la canonización de Juan Pablo II. Lo confirmó el Papa este domingo, en elogio del beato que “revirtió la marea del marxismo”.

Hans Küng remata: “Tras la caída del comunismo soviético, la Iglesia católica romana representa hoy el único sistema dictatorial en el mundo occidental (que) confiere el monopolio del poder a un solo hombre”. ¿Cómo saber si la beatificación de este hombre responde a su compasión cristiana, o a la inflexibilidad de sus ideas, o bien, al magnetismo que distingue a las superestrellas del espectáculo de masas?

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