Por: Sorayda Peguero

Juana

No era mucho lo que  yo sabía de Juana. Por no saber, no sabía ni su apellido. Hoy podría cerrar los ojos y verla con la nitidez de una fotografía. Con todo el esplendor de sus 16 años. Juana fue alumna de mi mamá en cuarto de primaria. Años después de haber terminado el curso, le preguntó si necesitaba ayuda. La jornada de mi mamá en la escuela empezaba a las ocho de la mañana y terminaba a las cinco de la tarde. Tenía tres niñas pequeñas y un esposo que no se involucraba en los quehaceres cotidianos. Que alguien de confianza la ayudara a cuidarnos le pareció conveniente. De manera que Juana empezó a llegar a nuestra casa a las 7:30 de la mañana. Se marchaba cuando mi mamá regresaba de la escuela, deprisa, con el tiempo justo para sus clases en el liceo nocturno.

Analizando la novedad con mis compinches del barrio, llegamos a una conclusión: la muchacha que trabajaba en mi casa estaba loca de remate. ¿Cómo así que lloraba y se reía al mismo tiempo? Eso hacía Juana viendo las comedias de El Show del Mediodía, reír y llorar a la vez. Tenía las piernas cortas y gruesas, y caminaba con un ligero balanceo de caderas que a mí me parecía de alta gracia. Era mofletuda, morena, y sus manos —no lo olvidaré jamás— siempre estaban tibias. Alguna vez la oí llorar mientras hablaba bajito con mami. Sus palabras y las de mi madre me llegaban sueltas. No podía armar la historia. No podía brincar el cerco que me separaba de los misterios de la vida adulta. No podía saber los motivos por los que, entonces sí, Juana lloraba sin risas.

Un día nos persiguió por el patio voceando y agitando un peine en el aire. Pobre Juana. Mis hermanas estaban en esa insoportable etapa de la infancia que las llevaba a imitar todo lo que hacía la hermana mayor, a veces, con fatales consecuencias. Las tres correteábamos con el pelo suelto, ajenas a los enredos imposibles que Juana tendría que deshacer con generosas dosis de brillantina Bergamot. Cuando llegaron mis padres, mi abuelo, nuestro vecino de la casa de al lado, se acercó a la reja para contarles los detalles de la persecución. Por culpa de nuestra malcriadez, Juana se fue al liceo con más de una hora de retraso. Mis padres dictaron el castigo ahí mismo: avisarían a los Santos Reyes para que ese año no incluyeran nuestra casa en la lista de su reparto nocturno.

Llegó el 6 de enero y los tres de Oriente no nos dejaron ni carbón. Algo insólito. Mis hermanas y yo, echadas al suelo como dolientes en un velorio, armamos un griterío colosal. Mi mamá nos repetía que esperáramos la consideración de la Vieja Belén, una anciana que se compadece de los niños malcriados y que aparece con regalos siete días más tarde: una eternidad. De repente llegó Juana, y la escena alcanzó su máxima expresión de tragedia. ¿Por qué había venido un día de fiesta? ¿La gente que queremos, y que nos quiere, tiene un radar que se activa en nuestras horas de mayor desgracia? Nos lanzamos a sus brazos buscando consuelo. Luego salió, como hacía siempre que se iba al mandado, con el tumbao rítmico de sus andares y el taca taca de sus chancletas. Al cabo de un rato volvió con tres muñecas rubias medio calvas y olorosas a plástico nuevo. “Fue que los Reyes se equivocaron de dirección”.

Hoy puedo cerrar los ojos y vernos. El mar a punto de besarme los pies, y Juana que no me pierde de vista, que me fulmina con esos ojos suyos, que unas veces lloraban por las comedias de El Show del Mediodía y otras por los dramas de su vida secreta. Una vida de la que yo no sabía nada.

[email protected]

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Sorayda Peguero

Cuando las musas llaman por teléfono

¡Baila, Samuel! ¡Baila!

Una chica como tú en un lugar como éste

Queridas mías

Para no morir de verdad