Por: José Fernando Isaza

Juegos

La paz negociada con la insurrección, que cumplió medio siglo de actuar, tiene menores costos y más beneficios que tratar de acabarla a través de una guerra sin cuartel, que irrespeta los derechos humanos de la población desarmada, que aumenta la militarización y el gasto fiscal.

 Por otra parte, Uribe en los ocho años no logró dicho objetivo, a pesar de haber puesto en práctica su siniestra teoría del todo vale; su más vergonzoso resultado fueron los asesinatos de personas indefensas para exhibirlos como trofeos de guerra.

Los avances en La Habana son significativos: las Farc reconocen que no solo son víctimas sino también victimarios, aceptan que el narcotráfico permeó su accionar y, de lograrse la paz, colaborarán con el Gobierno en desmantelar los carteles de la droga y la erradicación de los cultivos ilícitos, con políticas de sustitución y desminado de campos. El acuerdo de participación política es el desarrollo del principio de garantizar el ejercicio de la oposición, sin armas, con garantías de seguridad por parte del Estado, para que no se repitan casos como el exterminio de la Unión Patriótica. En la política agraria, el acuerdo recoge las leyes de restitución de tierras, desarrollo rural con inversiones en infraestructura y mercadeo. Los generales (r) Mora y Naranjo, quienes participan en las negociaciones, son enfáticos en el sentido de que el futuro del Ejército no es objeto de negociación en la mesa. Los voceros de la guerrilla y algunos miembros del Gobierno dan declaraciones sobre temas que no están entre los puntos acordados en la negociación.

En “teoría de juegos” el obtener la paz no es un “juego de suma cero”; es, por el contrario, de suma positiva. Los principales costos son de orden institucional: la justicia transicional es menos severa que la ordinaria, se sacrifica justicia por paz; la participación en política de quienes empuñaron las armas y en muchas ocasiones causaron daños a la población no combatiente y violaron las leyes de guerra es otro costo asociado. Por otra parte, la degradación de una guerra de 50 años ha conducido a que la población rechace el accionar de la guerrilla y seguramente lo expresará en las elecciones en las que participen los excombatientes. Los beneficios de la suspensión de las hostilidades son inmensamente mayores que los costos. Como no hay absoluta certeza de lograr culminar exitosamente las negociaciones, el beneficio esperado es la probabilidad de éxito multiplicado por el beneficio neto.

Hipotéticamente se puede aceptar que una negociación dirigida por el candidato uribista tenga menos costos institucionales. Sin embargo, la experiencia muestra que la negociación con los paramilitares realizada por el patrocinador de la campaña de Zuluaga sí incurrió en elevados costos institucionales. La probabilidad de éxito de la negociación con este candidato es muy inferior a la que se tiene con Santos de llevarla a feliz término. Por lo tanto, los valores esperados de los beneficios de la paz en el caso de la reelección de Santos pueden ser dos o tres veces mayores que con Zuluaga. Se acepta la teoría de que no solo Santos puede firmar la paz; pero sí es significativamente más probable que lo logre.

Votaré por Santos. Le apuesto a una mayor probabilidad de paz. Santos representa una derecha moderada y civilista, que no utiliza el aparato del Estado para perseguir a la oposición. Con Zuluaga, los odios y arbitrariedades de su jefe serán su directriz política.

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