Por: Iván Mejía Álvarez

Jueguen con Xavi

Para quienes discuten la importancia del director técnico en el fútbol, los partidos del Barcelona frente a Milán y Real Madrid les debe dejar muy en claro que el que manda, manda, así mande mal. Ha sido el Barcelona una pálida expresión futbolística en estos dos lances contra Milán y Real, los más importantes hasta ahora en la temporada, y su fútbol ha terminado por convertirse en algo previsible y, lo que es peor, neutralizable. Ya no basta la calidad individual, el módulo táctico ha sido alterado y la identidad del elenco azulgrana está sufriendo una metamorfosis que no tiene buen semblante y preocupa de cara al futuro.

Entre el Barcelona de la primera y segunda temporadas con Guardiola al frente y este de hoy, acéfalo, con un señor Roura sentado en el banquillo sin la menor capacidad para cambiar el curso de los acontecimientos, esperando mensajes por celular desde Nueva York, hay una gran diferencia a pesar de que son el 90% los mismos jugadores. El vestuario viene enviando desde que Vilanova marchó a curarse de su cáncer, hace ya dos meses, graves y preocupantes síntomas de aburguesamiento. Se acabó la presión para recuperar la pelota bien arriba, las distancias entre línea y línea se han hecho muy grandes, lo que da margen a que las réplicas adversarias causen tanto daño, la posesión de la pelota ya no se usa como arma para agredir sino como recurso para anestesiar partidos.

Francisco Maturana envió un mensaje en Estados Unidos cuando la selección de Colombia perdió con el local y se evidenciaban los primeros síntomas del fracaso: “Devuélvanle la pelota al mano”. Quería decir, tíresenla a Valderrama. En el Barcelona habría que decir lo mismo: “Devuélvanle el control a Xavi”. Si la pelota no pasa por el armador natural, el hombre que marca la identidad del juego catalán, porque lo quieren hacer todo más rápido, más vertical, con menos pausa, el principio y el fin de la jugada será Messi. Y ese es un gravísimo error, Messi debe ser el complemento y el final, nunca el principio de la jugada, porque eso lo obliga a venir muy atrás y permite a los adversarios montarle la ‘gavilla’ de marca, la trampa, para terminar anulándolo. El Barcelona está pagando precio a la falta de un técnico que marque principios, que sea capaz de sentar a quien juegue mal como Cesc, no importa su mala cara, de reprimir las alocadas subidas de Piqué y Puyol al ataque, de poner orden adentro y afuera del vestuario. Pero, no se equivoquen, este equipo es demasiado bueno y esta historia seguirá. No hay equipos invencibles, es cierto, y los azulgranas todavía tienen mucho que decir en el fútbol mundial durante varios años…

 

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