Por: Alfredo Molano Bravo

Jugada maestra

ME ACOSTÉ EL JUEVES, VÍSPERAS DE despliegues patrios, pensando en la guerra.

O mejor, en el presidente Uribe, enzamarrado, sombrerito nomejoda, y ponchito galanteado, acaballado en un alazán paso fino colombiano con una espada en su mano derecha gritando: A la carga. Y en su mano izquierda, un tinto, acabado de servir por su intendente militar, Juan Valdez. Uno tiene noches. Más si hay luna, así ande menguando. Nuestro satélite bota un polvito que me empuja en un duermevela incesante. Las tropas colombianas —familias en acción, cooperantes, guardabosques, guardamares, guardavallas— seguían en muchedumbre alocada al gran general; saltaron como si nada el Puente de Boyacá, sobre una quebradita cada día más famélica, y siguieron rumbo al Pantano de Vargas, donde se disponían a dar la gran batalla contra fuerzas venezolanas: tanques de acero que volaban, aviones anfibios, y miles y miles de robots armados de lanzacohetes de nueva generación AT4. Y el coronel Barreiro sin aparecer y sus doce lanceros sin aparecer. El general Uribe gritaba, se desgañitaba y el coronel Barreiro no se presentaba, no aparecía. Apareció Chukie, la muñeca de los ojos tatuados; apareció Batman, sin Robin —muy apesadumbrado se le veía—; apareció un personaje lívido: el doble del general en jefe, un  por-si-acaso al que llamaban El Bis; apareció a última hora hasta la mismísima Casilda con otro Palomo para el Nuevo Libertador, pero por ninguna parte brincaba Barreiro. La cosa era trágica. El reversazo —devolver el video— podía fracasar, se comentó en el rincón de crisis, una sombrita debajo de un mortiño.

Sospecho que una nube tapó la luna porque me quedé fundido hasta que los toches cantaron. En el último sueño de la primera luz, se apareció Barreiro, el coronel. No tengo buenas relaciones con la gente de uniforme, se lo cambien o no. Es mi naturaleza. No discuto con ella. Hice de tripas corazón y no quise restregarme los ojos sólo para oír qué nueva traía el fantasma del oficial: ahora, comenzó diciendo, que mi general está tan embollado y que repite como un sonámbulo por todos los solitarios salones de palacio: la Patria por encima de los partidos; guerra, guerra en las fronteras, paz, paz en el interior, es la hora del cambiazo a ojo cerrado, mano a mano. Sin más. El coronel taconeó dos veces y se retiró.

Amanecí azarado por falta de tema para la columna no obstante la cantidad de vainas que han pasado en la semana. Estoy acostumbrándome para mi desgracia a que una cosa tape la otra y la otra y la otra hasta que al fin no se pueda saber qué pasó. Pero como en este país sale lo que no se espera —según observó ese gran patriota que fue el presidente Marroquín al entregar a Panamá— podía haber llegado la hora del Intercambio Humanitario. Uribe, tan amigo de timonazos extravagantes, de virajes insólitos, de tiros perros, podría desarmar buena parte del zafarrancho que se le está armando con las siete bases —siete como en los toros, siete— que a cambio de la exportación de astromelias y similares les está escriturando a los generales gringos, quién sabe con permiso de quién. Tampoco ha necesitado permisos de nadie para nada; él está acostumbrado a firmar permisos por intereses superiores, desde que lo hizo en la Aeronáutica Civil hasta cuando mandó bombardear en Ecuador. Esta vez, podría dejar atónitos a todos, sin lugar, sin trinchera; podría desbaratar la oposición, desmoralizar a la Suprema, arrodillar a La Haya si, de buenas a primeras, como un buen tahúr, al sacar de su manga izquierda una orden de libertad para los colombianos que tienen cárcel por casa a cambio de los otros colombianos que tienen selva por cárcel, pidiera en reextradición a Simón y a Sonia, y abrazara a la Negra con fraternidad patriótica. Con eso tendría para, por lo menos, ajustar los voticos que le faltan para sacar a flote el referendo si pasara en la Corte Constitucional. No hay mal que por bien no pueda abrir camino. Desinflar es más fácil que inflar, sólo es cosa de jalar un ombliguito.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Alfredo Molano Bravo