Por: Daniel Pacheco

Juguemos a ser Dios

LA PÉRDIDA DE FE PUEDE SER LA consecuencia más positiva de la “Gran Disrupción” como Thomas Friedman se ha adherido a llamar a la actual crisis. ¿De qué otra forma vamos a empezar a creer en nosotros mismos?  

En una columna indispensable publicada en el New York Times, Friedman se aleja de los límites normales de análisis para hacer una pregunta radical: “¿Qué tal si (la crisis) nos está diciendo que el modelo de crecimiento que creamos durante 50 años simplemente es económica y ecológicamente insostenible, y 2008 fue cuando nos dimos contra la pared?”.

La Gran Disrupción está siendo seriamente considerada como una amenaza real a la supervivencia de la especie humana. De la respuesta que demos a este reto puede depender que nosotros tengamos un lugar decente para morir.

Sin embargo, hoy persiste una mirada ambientalista que sugiere que el problema es que el hombre jugó a ser Dios, alterando el orden de la naturaleza. Según esta mirada, lo que hay que hacer es volver a un estado primario de convivencia estable y sostenible con la Madre Tierra. Un orden que hay que recuperar porque, como todos los órdenes soportados por la fe, es el bueno porque sí. Debemos entonces parar el desarrollo masivo, la industria, la explotación de recursos, la modificación genética de especies, etc., para recuperar el equilibrio perpetuo y feliz.

Esta postura místico-ambientalista se sustenta sobre la suposición de que el hombre es un ser separado de la naturaleza. Un ser capaz de imponer modificaciones artificiales que perturban lo ideal.

No entiendo cómo se puede mantener esta postura si uno ha aceptado que el Homo sapiens es el resultado de la evolución de la vida. La teoría evolucionista dice cosas importantes. Primero, rechaza la idea de un estado perfecto de la naturaleza; a la naturaleza le da lo mismo un mar de bacterias y una tierra infestada por cucarachas que bosques con pandas: básicamente porque la naturaleza no es nadie, es un proceso de selección de mutaciones genéticas aleatorias. Segundo, entiende al hombre como un bicho más en la Tierra, y sus excesos y desmanes como cualquier otro momento en el largo desarrollo de más de tres billones de años de la vida en el planeta.

Si a la naturaleza no le importa que nosotros nos destruyamos (¡porque no es alguien!), nos tiene que importar a nosotros. No por los pandas o los bosques; sino porque los pandas, los bosques y nosotros evolucionamos juntos. Pero ahora que es evidente que no todos cabemos (hay una Gran Disrupción) tenemos que decidir cómo sobrevivir la mayoría, por todo lo que podamos (¿mil años?). Para hacerlo habrá que jugar a ser Dios, así el Señor tenga que soltar su ira contra los pandas para salvar algunos bosques y muchos chinos.

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