Por: Columnista invitado

Justicia restaurativa versus justicia retaliativa

Una cadena de perdón... eso es lo único que puede salvarnos. Así como hemos estado los colombianos encadenados durante décadas por el odio, el egoísmo, la crueldad, la indolencia, la venganza, el cinismo, la corrupción, etc., tenemos que fabricar una cadena de perdón, para que seamos capaces de decir y de escuchar: Lo siento/ Te perdono/ La paz sea contigo/ Por favor, perdóname/ Estaba equivocado/ Estás perdonado/ Te perdono...

El perdón como una victoria y no como una claudicación... “El perdón africano: demasiado sofisticado para Occidente”, es el título del bellísimo artículo (que no me canso de citar) de la poeta sudafricana Antjie Krog, publicado hace años en Colombia. En Occidente, perdonar y perder parecieran compartir la misma raíz etimológica: quien perdona es un débil, un ‘anti viril’, un derrotado. En África, quien perdona tiene el poder y la dignidad de restaurar la humanidad a quien la perdió al comportarse peor que una bestia.
 
El 9 de abril de 2013 —Día Nacional de Memoria y Solidaridad con las Víctimas— realizamos, con El colegio del cuerpo y la Unidad para las Víctimas, en Medellín, la ceremonia “INXILIO: El Sendero de Lágrimas”, en la que participaron 150 víctimas de Antioquia, con el presidente Santos, como un oficiante más, liderando descalzo el cortejo. Entre ellas estaba Doña Teresita Gaviria, directora de la ‘Asociación Caminos de Esperanza Madres de la Candelaria’ y una de las 60 víctimas que estuvo en La Habana en los diálogos de paz. Cuando estábamos en el proceso de creación de la obra, Doña Teresita me narró uno de los testimonios más estremecedores que he escuchado en mi vida y que, de alguna manera, me transmitió la potencia y los alcances del perdón: durante mucho tiempo, ella estuvo visitando en la cárcel al que ya se sabía había sido el asesino de su hijo, suplicándole que le confesara dónde estaban sus restos. Después de mucho rogar, el hombre finalmente le dijo que no siguiera perdiendo el tiempo, ya que el cuerpo de su hijo había sido desmembrado y arrojado al río Magdalena. Doña Teresita, enloquecida de dolor, le dijo que ella también sería capaz de descuartizarlo a él con sus propios dientes. Cuando ya se disponía a salir, se detuvo en seco, se dio media vuelta y le dijo al hombre: “perdóneme, perdóneme, yo no sería capaz de hacerle a usted lo que usted le hizo a mi hijo”.
 
***
 
Los colombianos todos debemos reivindicar el derecho a pedir perdón y a ser perdonados. Porque todos  somos responsables de todos: por acción o por omisión hemos permitido que el monstruo que llamamos Colombia haya sido engendrado: 7 millones de víctimas en una nación de 40 millones de habitantes es una vergüenza. Y no se trata solamente de ‘un rasgarse las vestiduras colectivo’: se trata de crear una cadena de perdón, un mea culpa compartido, una catarsis de arrepentimiento y de amor  para darle impulso y aval definitivos al maltrecho y frágil proceso de paz.
 
El presidente  debería convocar unas jornadas pedagógicas alrededor del tema del perdón, para que los colombianos nos familiaricemos con las diversas concepciones y acepciones que en el mundo han surgido alrededor de esta noción. Las cátedras de paz son un primer paso, pero necesitamos que no sólo los estudiantes, sino la sociedad en su conjunto,  entre en esta nueva  visión que nos pueden ayudar a salir del atolladero. Otros grandes pasos en la dirección correcta fueron los que dio  el mismo presidente ese día en Medellín, descalzo, en un gesto de profunda humildad,  que conmovió a todos los que tuvimos el privilegio de estar allí. El primer mandatario de los colombianos reconoció, con su gesto potente, que es el Estado quien primero debe pedir perdón. El perdón no debe llegar cuando se firmen los acuerdos: una noción amplia, generosa, universal del perdón debe ser el terreno en el que se siga sembrando la semilla de la paz.
 
Un Día Nacional del Perdón nos podría unir a los colombianos alrededor del “¡Nunca Más!” que tanto necesitamos, y con el que tenemos que comprometernos para siempre.
 
Lo siento/ Te perdono/ La paz sea contigo/ Por favor, perdóname/ Estaba equivocado/ Estás perdonado/Te perdono...
¡Ah!, y desde ya pido perdón a todos aquellos que consideran que por las vidas coherentes, justas e impolutas que han vivido, no tienen absolutamente nada por qué pedir perdón: ¡que tiren la primera piedra los ‘inimputables’!
Sólo la humildad —sin humillación— podrá restaurar las ruinas morales de nuestra nación.
 
***
Adenda
 
Cuando llamé a Doña Teresita Gaviria para solicitar su autorización para contar su historia, con nombre propio, me pidió que añadiera este párrafo:
“Solo le queda a las Madres de la Candelaria suplicar a los exvictimarios, por medio del perdón y la no repetición, el saber la verdad sobre cada uno de sus familiares secuestrados, desaparecidos y asesinados, ya que para ellas la verdad será la mejor forma de reparación”.
 
* Álvaro Restrepo
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