Por: Columnista invitado

Justicia y paz

Justicia y paz son las dos palabras claves de un texto que llama a la acción contra el cambio climático. No es un texto cualquiera.

El papa Francisco acaba de publicar la primera encíclica que la Iglesia católica dedica a la amenaza que supone el aumento de temperatura en el planeta. El cambio climático no es una cuestión de fe. Ni siquiera las dimensiones científicas son especialmente relevantes en el mensaje del papa. El argumento más importante es de orden moral.

La elección es muy acertada. La autoridad del papa no se extiende a los ámbitos de la ciencia, la política, la tecnología o la economía. Ha costado siglos y guerras entender que su autoridad es tal en el ámbito de la moral que es importante oír la voz de la Iglesia en defensa de la justicia. Y resulta que el papa Francisco, en su primera encíclica, nos recuerda que todos somos hijos de Dios y que la utilización de los recursos naturales ha de realizarse.

El cambio climático es una realidad que afecta de manera especialmente lacerante a colectivos frágiles, a los más pobres, dependientes del entorno, a los que viven de ecosistemas frágiles o en espacios urbanos y con infraestructuras no preparados.

La comunidad internacional ha de asegurar marcos de cooperación eficaces y equitativos para reducir emisiones y construir resiliencia frente a los efectos del cambio climático. Pero no hay tiempo que perder ni nadie debe esperar a la concertación global para afrontar su propio futuro.

Colombia, rica en biodiversidad, constructiva en Naciones Unidas, reconocida por su firme compromiso con el desarrollo sostenible, tiene frente a sí el reto de abordar un futuro sin carbono y un proyecto de desarrollo y prosperidad incluyente, que no dependa de combustibles fósiles y que tome en consideración los posibles impactos del cambio.

No es fácil conciliar las medidas de corto plazo con las necesidades de largo alcance, pero imaginar dónde se quiere estar de aquí a treinta o cuarenta años ayuda a fortalecer la coherencia y a entender hasta qué punto es urgente incorporar la dimensión climática en las políticas públicas y las decisiones privadas. Esta es también la conclusión de la reciente Cumbre del G7, que, invocando el desarrollo sostenible y la seguridad alimentaria, invita a identificar escenarios a largo plazo y a concentrar esfuerzos en la energía y las finanzas. En su caso, el argumento empleado no es moral sino, como corresponde a un grupo de líderes de esta naturaleza, energético y financiero.

La política convencional necesita aliados para acometer una transformación en nuestros modelos de desarrollo. Pero necesita también tener presentes argumentos sólidos y ampliamente compartidos, como los que sirvieron para intentar diseñar sistemas de prevención de conflictos y seguridad. El papa, con su encíclica, nos lo recuerda a católicos y no católicos. Es tiempo de pasar de las palabras a los hechos.

 

*Teresa Ribera, directora del Instituto para el Desarrollo Sostenible y las Relaciones Internacionales (IDDRI), París.

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