Por: Eduardo Barajas Sandoval

Justicia y soberanía nacional

Ceder a presiones internacionales en materia de justicia rompería principios básicos; el problema surge cuando del otro lado de la balanza está el derecho a la vida.

La soberanía y el imperio de la ley resultarían gravemente afectados si un país que se reclame republicano y democrático acepta que las decisiones de su justicia, tomadas dentro de un Estado de Derecho, conforme a leyes claras y preexistentes, aplicables a todos, sean objeto de negociación diplomática o cambien de sentido bajo presión extranjera con argumentos extrajudiciales. Hasta ahí todo muy bien. Pero cuando la decisión se relaciona con cierto tipo de delitos y confirma la pena de muerte, plantea una discusión diferente, de naturaleza política, que se debe tramitar en otros escenarios.

Indonesia ha resistido, hasta ahora, con particular claridad y una especie de estoicismo de estado poco frecuente, las presiones múltiples de clemencia en el caso de dos australianos condenados a muerte por narcotráfico. El Presidente Joko Widodo, que lleva apenas unos meses en el poder, ha sido contundente en su negativa a todos los llamados del exterior, y particularmente a los del gobierno y las figuras políticas más prominentes de Australia, para que saque a los dos extranjeros de la fila de la muerte.

La mirada tradicional a este tipo de problemas, entre países de los que en Occidente se consideran de primera línea, mayor desarrollo económico y mayor peso en el conjunto internacional, lleva a muchos a pensar que frente a ellos se deben inclinar con facilidad los que son vistos como de segundo orden. Y si la geografía los acerca y les obliga a una relación política inevitable, con mayor razón hay quienes piensan que las cosas se desenvuelven normalmente a favor de los poderosos.

Indonesia y Australia están unidas por razones múltiples y se han visto obligadas a cooperar en diferentes materias, según lo mandan la geografía y la existencia de problemas comunes. Pero en el trámite del caso de los dos condenados al pelotón de fusilamiento se presenta un choque que involucra principios difíciles de conciliar. Por un lado están la independencia de la justicia indonesia y la soberanía nacional, además de una política de mano dura frente al narcotráfico, que ha sido constante, y constituyó una de las promesas de un presidente que mal podría contradecirse a los pocos días de haber llegado democráticamente al poder. Por el otro está la defensa de la vida, que Australia profesa oficialmente, en la medida que abolió la pena de muerte hace muchos años. Y, porqué no, también está de por medio la eficiencia verdadera del castigo máximo para el delito del que se acusa a los implicados.

Los australianos cometieron un error importante en el trámite de su aspiración en defensa de la vida de sus ciudadanos, al recordarle a Indonesia la ayuda que le prestaron con motivo del tsunami de hace una década. Nada más contraproducente ante un país que, para ejemplo de muchos en diferentes partes del mundo, ha sido vertical en la defensa de su independencia.

Puestas las cosas en esos términos, reiterada la no clemencia y confirmada por una Corte indonesia la improcedencia de un recurso en contra de la negativa presidencial, los abogados esperan llevar el caso ante la Corte Constitucional. Caso seguramente perdido en virtud de las razones ya expuestas y de la manera como Indonesia defiende su modelo de manejo del problema de las drogas ilícitas, que produce cuarenta muertes al día por sobredosis, y su soberanía nacional. Modelo con el que ha sido consecuente, en la medida que hace poco fueron fusilados por ese motivo, además de un indonesio, extranjeros procedentes de Nigeria, Brasil, Malawi, Holanda y Vietnam.

Es muy posible que se vuelva inevitable el sacrificio de los dos australianos, que en todo caso, y eso hay que tenerlo claro, son otro tipo de víctimas del problema de los narcóticos convertido en negocio. En cambio, hacia delante, la acción diplomática, la política y la ciudadana, en defensa de la vida y en procura de un manejo más adecuado del problema mundial del narcotráfico, tienen todavía mucho por hacer. 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Eduardo Barajas Sandoval

El general educador

El despido de los guiñoles

Un relevo inaplazable

El retorno de Mahatir

Política exterior de facto