Por: Piedad Bonnett

“Karoshi”, o trabajar hasta morir

El día de Navidad de 2015 Matsuri Takahashi, una joven de 24 años, se suicidó saltando desde la ventana de su apartamento. Que la agencia de publicidad Dentsu la hubiera obligado a trabajar 100 horas extra por mes durante el último tiempo de su vida la llevó a tal nivel de estrés y angustia que tomó esa determinación como única salida. “Decidieron de nuevo que tendré que trabajar los sábados y domingos (…) Sólo quiero terminar con todo”, escribió en una de las notas que llevaron a descubrir la causa de su suicidio, que causó enorme revuelo en Japón y en el mundo, puso en vilo el puesto del presidente de la compañía y dio pie a una multa, por cierto nada considerable.

Muchos de los excesos en la jornada laboral en Japón derivan de ciertas formas imperantes en el sistema de empleo basado en la “membresía”, que hace que los trabajadores fijos no puedan negarse a trabajar horas extra ni a rechazar el traslado a lugares lejanos. A veces, sin embargo, el exceso de horas extra es una elección del trabajador para ganar más dinero o complacer a sus jefes. Según la OIT, un 20 % de los japoneses trabaja más de 12 horas diarias, y es la causa de múltiples suicidios, pero también de muertes por físico cansancio. El fenómeno es tan reconocible que incluso recibe un nombre, karoshi, que significa muerte por estrés laboral, y ha hecho que el gobierno de Shinzo Abe proponga una ley que ponga un límite de horas extra al mes: 100. Da risa. Las mismas que llevaron a la muerte a la pobre Matsuri.

El caso del Japón ha sido visto siempre como paradigmático, pero “la sociedad del rendimiento” capitalista también propicia el exceso de trabajo, hasta el punto de que da status vivir ocupado a todas horas. Se piensa que si una persona trabaja en exceso es que es importantísima. Perdemos cada vez más los límites del horario laboral, entre otras cosas porque la hiperconexión y la adicción a los teléfonos inteligentes permiten que la gente siga solucionando problemas laborales en las horas donde debería tener relax y vida en familia. Como ha hecho notar Rutger Bregman, lo que prometía la revolución industrial era más tiempo libre, hasta el punto de que J.M. Keynes vaticinó que en 2030 la jornada laboral sería de 15 horas a la semana. Pero no: nos matamos trabajando. La consecuencia es que la calidad de vida sufre un enorme empobrecimiento. Si la persona trabaja diez o 12 horas diarias, y a eso suma el tiempo de desplazamiento y un mínimo de tareas domésticas, las formas de recreación compensatoria serán las más pobres y livianas: ver cualquier reality antes de quedarse dormido. Difícilmente habrá tiempo para el deporte, la relación con la naturaleza, un café con un amigo, la tarea compartida con los hijos. Hace poco estuve con un grupo de altos ejecutivos, ávidos de abrirse al mundo de la literatura, el arte y la filosofía, que sin embargo se quejaban de que el peso de sus jornadas de trabajo no les da tiempo para leer. Lo increíble es que está probado que jornadas laborales más cortas son más productivas. Y que el ocio no es, como dice el adagio, “la madre de todos los vicios”, sino el espacio para la creatividad, la meditación y la contemplación, tan desdeñados por los que sólo piensan que “el tiempo es oro”.

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2018-07-07T21:30:50-05:00

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2018-07-07T21:45:01-05:00

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