Kaziyadu

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Tras Chile o Bolivia y a la vista del 21 venidero cabe invocar el espíritu de Orlando Fals Borda. “A diferencia de aquellas viejas generaciones centristas acomodadas, la generación activa y sentipensante actual ha logrado acumular prácticas y conocimientos superiores”. Por ello puede actuar mejor, decía. Pues “no ha temido salir al terreno a pesar de los peligros e incomprensiones, y volver a aprender con gusto y ánimo sobre nuestro especial entorno … combatiendo el tradicional colonialismo intelectual y político ante los norteños”.

Redescubriendo las raíces de nuestros pueblos indígenas, afros y campesinos asesinados, y las miradas rurales y urbanas cuyas historias superpuestas esos norteños desean borrar de la historia con el pretexto de remover obstáculos al progreso, a sangre y fuego, con la espada y la biblia. Esta generación reinventa sus raíces y al hacerlo radicaliza principios y valores que “debemos proyectar hacia el presente y el futuro”, sin caer en la trampa de la alergia al poder y las instituciones.

Ni en aquella otra que moraliza lo político al hablar de degradación sin darse cuenta de que al hacerlo termina sirviendo a los propósitos de esos norteños de los que hablaba Fals Borda. Mientras nosotros discutimos la puridad de ciertas definiciones (¿es golpe o no? ¿somos modernos y corruptos o descolonizadores con distancia irónica respecto del poder?) ellos nos imponen su realidad política. Se autoafirman apelando al también tradicional odio al indio y al negro, a la infantilización del joven y la mujer que protestan, y abusan del deseo y lo femenino al representarlo como una frontera infranqueable entre lo doméstico privado y lo público que demonizan.

Manipulan las imágenes populares. Quieren a las mujeres protegiendo esa frontera. Como si fuesen esos policías espectrales en las grises democracias modernas, de quienes hablaban Fals Borda y Walter Benjamin. La zona gris en la que emergen los espectros es la ley que al ser administrada por la policía y los generales cesa de existir, y sin embargo continúa siendo el pantano gris abigarrado que sostiene a las formas del estado. Es lo que hemos visto en Chile y en Bolivia. Es lo que amenaza la esperanza del 21 venidero.

No contentos con avergonzarnos a todos al reconocer a fascistas redivivos como representantes de la voluntad popular en el vecino país, porque así lo dicta el del norte, también deciden importar las tácticas fascistas de éstos. Lejos de contener la protesta o proteger a su pueblo buscan provocarlo para poder acallar su grito de justicia, condenarlo y así justificarse. Con todo, el aprendizaje de esta generación que proyecta hacia el futuro su propia memoria da para ser optimista. Anuncia un despertar diferente. Ese kaziyadu “que adviene sin tregua”.  

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