Por: Francisco Gutiérrez Sanín

‘Kener’ y Blancanieves

YA SE SABE: AL BUEN KENER, COMO A muchos otros hampones, le dieron la casa por cárcel. La Policía nacional logró recapturarlo unas cuantas horas después.

Enhorabuena. La cosa hubiera terminado ahí, con una importante lección para el país y para al Estado, si no es porque al ministro de Defensa, Gabriel Silva, le da por emitir unas declaraciones.

Ya se sabe lo que pasa con Silva. Es un hombre que desafía las leyes de la probabilidad: nunca, ni por casualidad, acierta. Eso tiene su mérito intrínseco, y lo hace un estupendo representante de la luisguipolítica. Sin embargo, sus reflexiones a propósito del episodio de Kener no son ni inoportunas, ni irritantes, ni extrañas, como han sido hasta ahora, sino simplemente tétricas. Los periódicos echaron un manto piadoso de silencio sobre aquellas, así que tengo que citarlo de memoria, con base en lo que vi en televisión. Según Silva, lo de Kener muestra que hay un doble estándar, según el cual los hampones están en la calle, mientras se juzga “a nuestros hombres” con el máximo rigor.

Espero no estar distorsionando las declaraciones del Ministro. Si las interpreté con exactitud, son simplemente indignantes, por varias razones. En primer lugar, por supuesto que los militares están sometidos a un doble estándar. Están rodeados de un aprecio muy amplio —en Colombia invariablemente el Ejército sale como la institución mejor calificada en los sondeos de opinión—, porque los privilegios a los que tienen acceso (portan el uniforme y las armas de la República) son al menos en teoría accesibles a todos; en muchos sentidos encarnan el proyecto de ciudadanía y de incorporación, en un país con muy pocos canales legales de movilidad social ascendente. Pero precisamente por tener tales privilegios, han de demostrar que los merecen. No tengo la menor duda de que hay miles de soldados y oficiales que sienten genuino orgullo por su uniforme, y lo llevan con dignidad, arriesgando a menudo su vida por los demás. Me pregunto qué tanta gracia les hará el pedido del Ministro de que a sus privilegios legítimos se sume el de que los juzguen por el envilecedor rasero del que disfrutó Kener. En segundo lugar, es un hecho que hay decenas de militares y policías encartados por crímenes espantosos, crímenes frente a los cuales incluso un país como el nuestro, que ha pasado por tantas y tantas atrocidades, tiene el derecho y el deber de escandalizarse. El mismo día en que el Ministro aparentemente pedía otra justicia —¿más suave? ¿más acomodaticia?—, cinco policías estaban siendo condenados por asesinar a tres niñas en estado de indefensión, y se estaban reportando tres nuevos falsos positivos.

Estoy seguro de que la gran masa de militares y policías que se respetan a sí mismos, y que aman a su institución, se sienten tan insultados como nosotros, los civiles, por tales atrocidades; acaso más, porque sentirán que manchan ese mismo uniforme que ellos deben portar todos los días. Así que si Silva quería hacerse popular ofreciendo, con peligrosa y corruptora demagogia, la oportunidad de establecer una suerte de sindicato contra el Código Penal, tal vez no le vaya tan bien. Ojalá. Mi punto es que después de esta clase de señales inequívocas desde arriba, el cuento de hadas de los “casos aislados” se vuelve completamente inverosímil.

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