Por: Aldo Civico

'Kiko' Gómez y la gangrena de la política colombiana

La judicialización del gobernador de la guajira, Kiko Gómez, nos recuerda una verdad incómoda que a veces se cuida como si fuera un tabú: la mafia tiene el rostro de la institucionalidad.

La relación entre mafia y política no es sólo un asunto penal. Cuando mafia y política van de la mano, hay también una responsabilidad política sobre la cual hay que hacer énfasis. De hecho, no es realista pensar que Kiko Gómez haya actuado sólo. Por definición, la mafia no es una realidad individual, sino que es un crimen ejercido por una asociación, un colectivo. Entonces, ¿quién le dio el aval político a Kiko Gómez? ¿Quién le trajo votos? ¿Quién lo apoyó en la asamblea departamental? ¿Quiénes hicieron pactos político con él? ¿Quiénes, aun sabiendo, se quedaron en silencio? ¿Quiénes son los cobardes? Luis Carlos Galán tiene que estar retorciéndose en su tumba.

En cada departamento de Colombia hasta los niños saben quiénes son los políticos aliados con poderes criminales y mafiosos. De hecho, el tema no es saber quién es corrupto, dado que es un secreto a voces. Lo que realmente importa es la impunidad jurídica y política generalizada que asfixia al país. Efectivamente, lo que ayuda a los poderes mafiosos, como los largos y sangrientos años del paramilitarismo en Colombia demuestran, es la conciencia de que el Estado es débil y sus representantes son cobardes.

Hace unos días leí el documento escrito por Don Berna sobre el poder mafioso y los paramilitares en Medellín. De ese documento me impresionó no sólo la megalomanía de los líderes paramilitares, sino también la forma como estaban arrodillados los políticos, carentes de un sentido de dignidad y de amor propio, incluso pidiendo permiso a los jefes de la Oficina de Envigado para hacer campaña en un barrio. Estos políticos vendieron a Colombia y a la democracia por un plato de lentejas.

Una característica fundamental de la mafia es la territorialidad sobre la cual ejerce una soberanía que debería ser del Estado. La Guajira es un ejemplo aterrador de una mafia que se hizo soberana. El fiscal Paolo Borsellino, a quien la mafia siciliana, con el aval de la política, asesinó con un carro bomba en Palermo, decía que la fortaleza de la mafia es el consenso y que la lucha contra la mafia es la lucha contra el consenso hacia las instituciones mafiosas y hacia los servicios prestados por el poder mafioso. Borsellino estaba convencido de que el papel de la justicia era muy limitado, mientras que las instituciones públicas eran fundamentales; a través de un funcionamiento eficaz e imparcial, atraían hacia sí mismas el consenso del cual goza la mafia.

Colombia está a las puertas de una nueva e importante temporada electoral. Sin una profunda renovación de la política, el valioso trabajo de la Fiscalía en el caso de Kiko Gómez y otros no tendrá un impacto duradero. Los líderes de los partidos tienen que marcar el paso y los ciudadanos tienen que votar de manera libre y consciente. Cuando una mano tiene gangrena, hay que cortarla, de lo contrario la gangrena se extiende por todo el cuerpo. La política requiere coraje, porque la cobardía termina siendo una estupenda aliada de la mafia.

 

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