Por: Juan Pablo Ruiz Soto

Kilimanjaro se derrite

En el 2002 formé parte de una expedición colombiana que ascendió a la cima del volcán Kilimanjaro (5.895 m), en Tanzania, África.

En ese entonces, cerca de una octava parte del círculo exterior del cráter estaba cubierto por un glaciar continuo. Esto nos alarmó, pues fotografías y registros tomados sólo 40 años atrás mostraban el circuito superior cubierto completamente de hielo. El pasado 4 de octubre estuve de nuevo en el Kilimanjaro, esta vez liderando una expedición que hace parte del proyecto Epopeya Sin Límites: 7 Cumbres, donde un equipo colombiano busca que Nelson Cardona sea el primer latinoamericano en condición de discapacidad en escalar la cumbre más alta de cada continente.

En la reciente expedición entramos por el costado occidental del Kilimanjaro y subimos hasta los 4.000 metros de altura para bordear el cráter y luego, desde el costado oriental, ascender al cono superior de la montaña (antes cubierto por un glaciar). Ahora se llega a la cima sin tocar nieve ni hielo. En el costado sur del cono está el pico más alto, conocido como Uhuru Peak, donde un letrero en madera señala que se ha llegado a la cima. Esta señal no está clavada en el hielo, sino en medio de piedras volcánicas. Desde la cima observamos bloques aislados de hielo, fragmentos de lo que antes fue un enorme glaciar que, en la época seca, alimentaba con su deshielo a múltiples riachuelos que descendían a la pradera africana de Kenia y Tanzania y abastecían de agua a sus pobladores y a la rica e importante vida silvestre de la sabana africana. Estos nueve años que transcurrieron entre una observación y otra son, en términos de historia natural, sólo unos segundos, pero los cambios en el paisaje son impresionantes.

El calentamiento global se expresa con una evidencia tremenda en esta parte del mundo, donde los impactos en el mediano plazo serán de gran magnitud. No sólo por la escasez de agua para consumo humano, sino por el efecto devastador que tendrá sobre la vida silvestre, cuya existencia soporta la actividad turística, principal fuente de divisas para estas deprimidas economías africanas. En el recorrido por tierra de Nairobi (Kenia) hasta Arusha (Tanzania) vimos impresionantes cambios en la dinámica de ocupación del territorio y el desarrollo de infraestructura. Donde en el 2002 había caminos de arena que atravesaban la seca sabana africana, ahora hay imponentes autopistas que dividen el paisaje y obligan a los pastores de la tribu Masai Mara a transitar con sus rebaños en medio de buses, camiones y autos particulares. Economías como las de Kenia y Tanzania, al igual que las de la mayoría del mundo en desarrollo, se están moviendo en la dirección de estilos de vida, producción y consumo que refuerzan y aceleran el calentamiento global.

En los foros de Naciones Unidas, donde participan países ricos con tecnología y poder económico y político, y países pobres con economías en crecimiento, es urgente tomar determinaciones que afecten positivamente la dinámica planetaria. A nivel individual, debemos ser consecuentes con la búsqueda de un bienestar que no esté estrechamente asociado a la emisión de gases efecto invernadero. Si actuamos, cada paso y cada acción nos deben llevar en el camino correcto; de lo contrario seguiremos la senda del calentamiento global, con todos sus devastadores impactos.

 

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