Por: Marcos Peckel

Kurdistán

Parafraseando la Biblia, “lo que las potencias dan, las potencias quitan”. Al final de la Gran Guerra, las potencias europeas se repartieron el mundo, especialmente las vastas extensiones del derrotado Imperio otomano.

De esa manera se crearon los estados nación en el Medio Oriente, a los que se les fijaron las fronteras con base en los intereses coloniales.

En el tratado de Sévres de 1920 se había creado Kurdistán, Estado para los kurdos —el sufijo “-stan” significa en persa “país de”—. Sin embargo, en el tratado de Lausana, en 1923, por presión de la recién formada República Turca, Kurdistán desapareció y los territorios de esta nación fueron rapiñados por la misma Turquía, Siria, Irak e Irán.

Lausana deshacía de un plumazo los derechos nacionales del pueblo kurdo, que hasta el sol de hoy no ha visto el nacimiento de su Estado. Los kurdos, que suman unos 40 millones de almas, son un pueblo no árabe de origen medo-persa, hablan su propio idioma y adoptaron el islam suní en el siglo VIII.

En Siria, a los kurdos que habitan en la región nororiental no se les ha concedido nacionalidad. En Turquía, los kurdos padecieron por décadas represión, prohibición de hablar y enseñar su idioma y vestir sus atuendos tradicionales. Sólo en los últimos años, por presión de la Unión Europea, los kurdos turcos han recuperado sus derechos como minoría. Ankara enfrentó una larga insurgencia armada kurda.

En el Irak de Sadam Hussein, los kurdos, junto con los chiitas, fueron reprimidos y marginados del poder. Tras la guerra Irán-Irak, los kurdos se levantaron en 1988 contra Hussein, quien lanzó un ataque con armas químicas contra la población kurda de Halabja con un saldo de más de 5.000 muertos, el peor ataque químico contra población civil en la historia.

Ha sido la Primavera Árabe, que ha dejado buena parte del Medio Oriente árabe en ruinas, la que les ha dado nuevos aires a los kurdos, que tanto en Irak como en Siria, ante el colapso de los estados, han creado de facto su Kurdistán. En Irak, los kurdos controlan su territorio con su gran riqueza petrolera y acaban de hacerse con la “joya de la corona”: la ciudad de Kirkuk, para evitar que cayera en manos de los radicales islamistas suníes. En Siria, igualmente, los kurdos se han hecho al dominio de su territorio, expulsaron a las fuerzas de Al Asad y a los islamistas y podrían unirse con la región iraquí. Turquía, por su lado, parece aceptar la realidad de un Kurdistán sirio-iraquí autónomo. Tras un siglo de lucha, los kurdos acarician la independencia.

 

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