Por: Humberto de la Calle

La aberración del voto en blanco

Nuestra democracia no es representativa. Tampoco participativa.

Es una democracia acomplejada. ¿Por qué diablos tenemos que hacer la tarea todos los días? ¿Por qué cada vez hay que empezar a ganarse la democracia y recorrer el camino una y otra vez desde el principio? ¿Qué mito de Sísifo nos acongoja y nos convierte en un país inseguro, irremediablemente culpable, borrando sin pausa una especie de indeleble pecado original?

Claro que tenemos miles de problemas. Pero los avances se pierden día a día. Para colonizar la democracia tenemos que hacer despliegues inusitados. Acudir al populismo democratero como una manera de ganar el año.

Un caso menor pero sintomático: el enredo del voto en blanco. En el sistema de representación proporcional, como el nuestro, es matemáticamente imposible que los votos en blanco cuenten para la repartición de escaños. Hay una armonía aritmética. El que vota en blanco expresa una opinión respetable, pero no puede tener velas en el entierro de la representación. Precisamente lo que no quiere es que lo representen los candidatos en juego. Así decía la Ley 28 de 1979. Pero en el primer alarde de ese afán de ostentar una democracia vistosa, la Ley 96 de 1985 dijo lo contrario: que los votos en blanco se tendrían en cuenta para el cociente electoral. Es como si el puntaje en un juego de dados se repartiera entre los jugadores y los patos que están apenas mirando.

Lo que empieza mal, termina peor. Rápidamente se siguió en la línea de “dar valor” al voto en blanco, algo que, repito, tiene sentido político, pero no más. Se dijo que si el voto en blanco triunfaba, se repetían las elecciones. Esto es menos ilógico que su contabilización para la repartición de puestos en el Congreso, pero coloca la democracia representativa en manos de quienes no participan en el baile.

Y lo que faltaba. La Ley 1475 de 2011 llega al extremo de financiar los votos en blanco. Es como si el que vota en blanco creara en los que sí votamos una especie de complejo de culpa que tenemos que borrar con financiación.

Al paso que vamos, si sigue esta búsqueda acomplejada de la democracia, pronto tendremos que financiar también a los abstencionistas. Eso está bien en los referendos, pero no en el sistema de representación. Un cuento borgeano permitiría mostrar una serie infinita de votaciones en las que siempre ganaría el voto en blanco. Una democracia emasculada por cuenta de los que se han autoexcluido. Una verdadera estupidez. Un perro que se muerde la cola. Una democracia que promueve su propia destrucción. Un tiro en el pie. Ya tenemos 58 movimientos en el país con derecho a reposición de votos en blanco. Más que el número de partidos. Y a eso dedicaremos casi mil millones de pesos. Una charada. Una democracia que busca que la represente la sombra de un sueño que nunca fue. Teso problema filosófico.

 

 

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