Por: Mauricio Rubio

La abogada feminista que enfrentó al ejército

Una joven de 21 años, contacto de un grupo rebelde, fue detenida, torturada y violada con una botella por militares.

En 1960, plena guerra de Argelia, muchos pensaron que como Djamila Boupacha quedó viva no le ocurrió nada grave. “Creí que la habían sentado sobre la botella, como se hacía en Indochina; en esos casos se perforan los intestinos y la persona muere, pero aquí no pasó eso”, comentó fresco un magistrado. La defensa de la militante acusada por el ejército francés la asumió una abogada tunecina radicada en Paris, Gisèle Halimi. Se interesó por el expediente de la joven que confesaba su intención de poner una bomba, exponía sus razones -“soy agente del FLN y moriría por la independencia de Argelia”- y al final agregaba: “solicito un examen médico. Fui torturada”.

La defensora buscó que Djamila reconstruyera con precisión el incidente. “Eran unos bárbaros, se reían, me escupían la cerveza que tomaban, me pegaban cables eléctricos en los senos”. Dudó hablar de la botella pero su abogada insistió. En el libro que escribió después con Simone de Beauvoir, Gisèle recuerda que “tenía miedo de anotar mal el número de cicatrices, el tiempo de detención, el nombre del oficial. La acumulación de detalles era nuestro único chance. Poco a poco había descubierto la intolerable verdad del asunto. No era un caso banal. La cólera y la vergüenza me invadían. Había habido, otra vez, un crimen. Y ese crimen era particularmente atroz e inexcusable. Los jueces deberían estar informados. Y no sólo los jueces. Francia entera debía saberlo. Interrumpí a Djamila y le dije: los denunciaremos. Los obligaremos a abrir una investigación. Tendremos que gritar muy fuerte”.

A pesar de la oposición militar, Gisèle logró que el caso fuera trasladado a Francia y que un juez de instrucción investigara al ejército por las torturas. Djamila identificó en foto a sus verdugos pero el establecimiento castrense se negó a dar sus nombres, para no afectar la moral de la tropa. Gisèle denunció penalmente por encubrimiento al ministro y a un general en Argelia. Su indignación con un ultraje específico inadmisible, no un deseo vago de cambiar el mundo, movilizó intelectuales y diversos sectores de opinión en varios países, que manifestaron contra el ejército francés e influyeron en los acuerdos de Evian que pusieron fin a la confrontación con una amnistía favorable al FLN. Este juicio marcó un quiebre en la defensa de los derechos humanos en el mundo. Posteriormente Gisèle presidió la comisión del tribunal Russel que investigó los crímenes de guerra en Vietnam.

El feminismo espontáneo y pragmático de Gisèle se manifestó temprano: a los 13 años logró con una huelga de hambre no tenderle más la cama a sus hermanos. Entendió que si quería evitar el destino de su mamá, que no se sentaba a la mesa por atender a los hombres de la casa, debería estudiar. Sus victorias no se limitaron a poner en aprietos al ejército. La defensa que hizo de una mujer que ayudó a abortar a su hija violada fue un preámbulo a la legalización de esa práctica en Francia: inspiró a Simone Veil para la redacción del proyecto de ley y la histórica defensa ante el parlamento. Gisèle fue una de las firmantes del Manifiesto de las 343 “salopes” que declararon haber abortado. Su caso fue peculiar: como litigante en Túnez, había asistido a una audiencia con una sonda dentro del cuerpo. Se desmayó y al volver en sí pensó en la ironía de incumplir la ley defendiendo unos condenados a muerte. En 1978 ganó el juicio iniciado por dos jóvenes belgas violadas por tres hombres cerca de Marsella. Hasta entonces las violaciones no se condenaban bajo la disculpa de que las víctimas provocaban a sus atacantes. En 1980 se aprobó la ley que convirtió la violación en un crimen grave. Entre sus varios libros está una novela basada en Dihya Kahina la heroína berebere que en el siglo VII se opuso a la expansión musulmana.

Casi con noventa años, sigue siendo una mujer modesta, alegre, sensible y con gran sentido del humor. No guarda rencores. Ni siquiera con su madre, quien al cuidarle los hijos les machacaba que su progenitora prefería defender árabes en lugar de quedarse con ellos en la casa. Es incomprensible que Gisèle Halimi no sea una figura mundialmente reconocida del feminismo, y esté opacada por académicas amargadas con la historia de la humanidad, enfrascadas en debates bizantinos y sosteniendo doctrinas a espaldas de la ciencia.

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