En vivo: ¿Cómo responder al aumento del desplazamiento interno en Colombia?

hace 2 horas
Por: Arlene B. Tickner

La abrumadora realidad

Los acontecimientos mundiales recientes, entre ellos la elección de Bolsonaro en Brasil, la masacre antisemita en una sinagoga de Pittsburgh, el descuartizamiento del periodista Khashoggi en el consulado saudita en Estambul, el envío de paquetes explosivos a líderes demócratas y otros críticos de la Casa Blanca, y la satanización de una caravana de migrantes centroamericanos, sumados a la popularidad de déspotas como Trump, Putin, Maduro, Erdogan y Duterte, la nostalgia por la mano dura y el aumento de linchamientos y otros crímenes de odio dan cuenta del estado perturbado del globo.

Si bien desde finales de la Segunda Guerra Mundial la democracia liberal ha sido un modelo dominante (y deseable) de organización política, el contraste creciente entre los ideales democráticos y las realidades promovidas por la globalización neoliberal ha provocado su pérdida paulatina de legitimidad. Aunque puede ser más cómodo enfocarse en el resentimiento de los blancos pobres sin educación en Europa o Estados Unidos, y el de grupos similarmente retrógrados en otros lugares como fuente de las peores transgresiones del orden existente, en general las brechas profundas de riqueza, educación, trabajo, salud y seguridad que se observan en el mundo, las falencias del liberalismo político, económico y social como motor de progreso, justicia, igualdad y paz, y el deterioro de las condiciones de vida generado por la crisis del ecosistema, por solo nombrar algunos problemas, han conllevado a grados palpables de descontento, cinismo y rabia entre distintos segmentos de la población mundial, tanto de derecha como de izquierda.

Al tiempo que las tecnologías de la información y comunicación han empoderado a movimientos sociales progresistas y emancipatorios que buscan resistir al neoliberalismo, combatir el autoritarismo, promover los derechos de las minorías étnicas, raciales y sexuales, o denunciar los abusos del poder, también han facilitado la promoción del odio y la violencia al envalentonar a los actores extremistas y brindarles audiencia, sobre todo en redes sociales. Así, desde hace algún tiempo, discursos y comportamientos que se habrían considerado inaceptables y condenables, entre ellos el racismo, la xenofobia, la islamofobia, la misoginia, el antisemitismo y la mentira, se han vuelto “normales”, incluso entre los medios. Aunque se suele pensar que los individuos son actores racionales cuyo comportamiento se debe al interés propio, no es difícil ver de qué manera el miedo, la ansiedad y la impotencia se han convertido en motores emocionales de los procesos actuales.

Quienes, como Francis Fukuyama o Samuel Huntington, proclamaron el “fin de la historia” y el “choque de civilizaciones” a finales del siglo pasado, compartían una fe ciega y prepotente (típica de Occidente) en las bondades de la democracia y el capitalismo como únicas alternativas posibles para organizar la actividad humana. Sin embargo, el auge del populismo, la intolerancia abierta hacia el “otro”, la desigualdad múltiple y el desgaste planetario que caracterizan nuestra abrumadora actualidad ponen su futuro en entredicho. Lo que es imposible saber es si se trata de una coyuntura crítica pero pasajera en la historia mundial o si nos encontramos en tránsito hacia otro orden, no necesariamente mejor. Quisiera pensar, parafraseando a Jesse Jackson, que debemos movernos hacia adelante con esperanza y no hacia atrás empujados por el miedo y la división.

 

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