Por: Columnista invitado EE

La absurda lógica machista

Como para variar, las noticias sobre Transmilenio no son muy alentadoras. El reciente ataque a una mujer embarazada y la intimidación con arma blanca y posterior acoso sexual a otra demuestran no solo lo difícil que sigue siendo para nuestra sociedad luchar contra el machismo, sino también lo lejos que estamos de cambiar ciertos comportamientos. En el primer caso, la persona agredida habla de intolerancia y de congestión en el sistema de transporte; en el segundo, y pese a que la persona acosada alcanzó a reaccionar en el momento mismo, se menciona la tenue solidaridad de los que estaban presentes y la indiferencia de la policía al recibir la denuncia. Y es que estamos enfrentados a muchos problemas a la vez: el ya muy conocido sobrecupo en Transmilenio, la pasividad de la sociedad para cumplir con el deber moral de ayudar al otro, la anclada creencia machista según la cual no es tan grave pasar por encima de las mujeres y, por supuesto, la falta de políticas educativas concretas que nos enseñen a pensar diferente, a pensar en el otro, a dejar de lado esa misoginia descarada que muchas veces invade nuestra cultura.

El problema no es solo la ausencia perenne de soluciones en los sistemas de transporte para evitar que esto suceda. El problema es estructural y va mucho más allá: está arraigado en lo que somos, en las tradiciones de otros tiempos, en las creencias populares de medio pelo. Las mujeres siguen sometidas a la lógica de quedarse en la casa (“porque como hombre voy a ganar más”), de cocinar (“porque usted sí sabe”), de cambiar el pañal (“porque usted tiene ese instinto maternal que uno no tiene”). El problema es que esas pequeñas tradiciones, esas pequeñas costumbres que se repiten en el tiempo, terminan siendo vistas como algo “normal”, como un absurdo equilibrio que es mejor no romper. Y cuando eso se acepta, se empiezan a aceptar comportamientos más graves: se empieza a acusar a la víctima de no haberse dejado echar un piropo, de no entender lo que significa la galantería, de no preocuparse por las denuncias porque no existen pruebas suficientes; se les da voz a los victimarios como si poco o nada hubiera pasado, cuando lo mínimo sería no darles más protagonismo del que por desgracia ya tuvieron.

Me gustaría ilustrar lo anterior con dos ejemplos concretos. Por una parte, se trata de la última columna publicada en este diario por Alberto López de Mesa, a quien no conozco y pido de antemano su comprensión frente a mi crítica. En su texto titulado “Cortejo y acoso”, el autor denuncia, con toda la razón, el ataque que se realizó a la casa del director del departamento de Antropología de la Universidad Nacional por “no haber tomado medidas contra los casos de acoso sexual por parte de profesores y estudiantes”. Al parecer, como lo expresa el columnista, dichas medidas no se tomaron porque hasta la fecha no se han presentado denuncias formales. Este episodio, que de entrada no huele muy bien tratándose una vez más de la Universidad Nacional, es la introducción a una reflexión sobre lo difícil que es, en nuestros días, hacer la diferencia entre cortejo y acoso. Aunque entiendo la intención de no volver todo acoso, creo que buscar definir esa delgada línea en un contexto como el nuestro no ayuda para nada a las víctimas y sí abre las puertas a que cada vez sea más difícil hacer trizas la cultura machista. Temo que frases como “es la justicia la que define cuando el cortejo se vuelve acoso” justifiquen el famoso “coqueteo”; ese eufemismo que se utiliza hoy en día para darse el derecho como hombre de decir o hacer cualquier cosa a las mujeres.

El segundo ejemplo tiene que ver con la intervención del asesino Rafael Uribe Noguera en el proceso judicial que se adelanta contra sus hermanos por encubrimiento. Me parece una ofensa con la sociedad colombiana que el testimonio de alguien que violó y mató a una niña sea válido para defender al que sea; me parece ultrajante que además los medios de comunicación nos “cuenten” con exactitud qué dijo y le den voz a una persona que ya tuvo bastante cobertura mediática por lo que hizo. Basta y sobra con saber de manera indirecta que, según su versión, sus hermanos no se enteraron de absolutamente nada. Si queremos que situaciones como las del Transmilenio dejen de suceder, si queremos realmente luchar contra el machismo, debemos entender que los detalles también son importantes y no solo las grandes manifestaciones.

@jfcarrillog

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2019-06-09T01:30:20-05:00

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2019-06-09T01:45:02-05:00

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