Por: Cartas de los lectores

La academia y el sistema de salud

Aunque los medios de comunicación se han enfocado en los manejos fraudulentos que las EPS han hecho de los dineros públicos, lo evidente es que la Ley 100 creó un sistema de aseguramiento que no sólo no resolvió los principales problemas del antiguo sistema, sino que los acentuó y además construyó un modelo perverso, en el que la sociedad en su conjunto financia el enriquecimiento de intermediadores y de la industria farmacéutica.

Por supuesto que la mayor responsabilidad para que las cosas hayan llegado a este punto la tienen los congresistas que en su momento aprobaron la Ley 100, los ministros de Protección Social, las entidades de control y especialmente los grupos financieros que nacieron al amparo de una ley que sólo fue hecha para favorecer sus intereses. Pero este momento de estupor debe servir también para recapitular el papel que ha jugado la academia.

Desde que se inició la discusión que finalmente terminó con la aprobación de la Ley 100, académicos e investigadores de diferentes universidades, la mayoría de ellas públicas, denunciamos que el modelo emanado de ella era moralmente inadmisible, socialmente ineficaz y económicamente inviable. Un grupo de investigadores demostró, por ejemplo, que la mayor parte de las tutelas no son un abuso de los pacientes “confabulados con los jueces”, sino el último recurso al que son empujados los pacientes para que les reconozcan derechos ya estipulados en el POS. También desde este sector se viene mostrando con evidencia científica la falacia de la universalidad, pues de nada sirve a la salud de la población que todos tengamos un carné que no significa la titularidad efectiva de un derecho.

Pero lamentablemente, del otro lado, también la academia cumplió un papel, uno triste y vergonzoso. Investigadores, centros de pensamiento nacionales, consultores de organismos como el Banco Mundial y el FMI se empeñaron en promulgar las bondades del sistema y de difundirlos en la comunidad internacional. Gracias a este lobby, la OMS proclamó en el año 2000 uno de sus peores despropósitos: que el modelo de salud colombiano era el más equitativo del mundo, por encima de países con sistemas de salud con cobertura universal como Canadá, Suecia, Dinamarca y Cuba, sólo por citar algunos ejemplos. De esta manera se cerró el círculo de poder implacable que ha sostenido este sistema de cosas y acallado cualquier posibilidad de crítica: las empresas de salud, las multinacionales farmacéuticas, la “bendición” de algunos académicos extranjeros, el FMI, el Banco Mundial y algunos “centros de pensamiento” colombianos.

Luz Stella Álvarez. Medellín.

 

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