Por: María Antonieta Solórzano

La adicción al poder impide soluciones negociadas

La existencia de los seres humanos transcurre en un movimiento pendular constante que va desde las costumbres hacia la originalidad, desde lo conocido hacia la renovación. El progreso y el desarrollo y, por qué no, también la paz de las sociedades, se han alimentado con las propuestas de aquellos que dentro de ese movimiento han identificado la acción correcta. Aquella que permite encontrar el camino hacia lo innovador, que ayuda a enfrentar el peligro con estrategias diferentes y que contiene la prudencia y la serenidad suficientes para evitar riesgos innecesarios.

Sin duda los momentos más críticos y exigentes de la vida son aquellos en los que, frente a un peligro o una dificultad, el aprendizaje acumulado es insuficiente y entonces se requiere audacia para inventar, serenidad para que la ansiedad y el miedo no se conviertan en consejeros y prudencia para encontrar la acción precisa. 

Desde las madres encargadas de cuidar las vidas de los pequeños, hasta los grandes generales y gobernantes que defienden y definen la estabilidad de las naciones, pasando por los cirujanos o los conductores de bus, todos sin excepción, deben tomar decisiones que afectan el futuro de los demás. Determinaciones en las que la prudencia y el cuidado están en uno de los extremos del péndulo y la impulsividad y la imprudencia en el otro.

Lo curioso es que desde los tiempos de Caín y Abel la humanidad se inclina con más facilidad por las conductas impulsivas, a pesar de sus consecuencias, y encuentra dispendiosas las prudentes y reflexivas a pesar de sus beneficios. ¿Tendremos que seguir eligiendo el futuro desde la irresponsabilidad imprudente? ¿Tendrán nuestros hijos que soportar las consecuencias de la negligencia, la impericia, el dolo o la mala fe?

¡Ojalá que no! Sin embargo, por ejemplo no son pocas las madres y los padres de familia que no encuentran la acción correcta frente a las peleas entre hermanos. Un padre de familia me decía: “Yo creo que uno no se debe meter, es mejor dejar que ellos se las arreglen”. La consecuencia de trivializar y no tomarse el trabajo de conversar, para entender de qué se trataba la situación, fue que los hermanos escalaron las disputas hasta que ya nunca más pudieron verse; esto, con todo el dolor que implica romper los vínculos familiares.

O, al contrario, también hay personas que deciden que pueden encargarse, por ejemplo, de la salud física o mental de un familiar que en realidad necesita atención especializada. Una mujer de unos 30 años me decía después de la muerte por sobredosis de su novio: “Yo estaba segura de que le podía ayudar porque el amor lo cura todo y yo lo quería mucho”. Las consecuencias de atreverse a realizar acciones para las que no se está totalmente capacitado, no son menos graves sólo porque exista la buena fe.

Y si la buena fe puede tener implicaciones dolorosas, las de la mala fe son desde luego irreparables. La adicción al poder que impide soluciones negociadas es una de las explicaciones más frecuentes cuando las acciones impulsivas se llevan por delante la vida de otro. En la conocida película La guerra de los Roses, una pareja que al enfrentar su divorcio no podía conciliar y, antes bien, no dudaban en atacar el uno al otro cada vez de una forma más feroz, no sólo se llevó por delante la felicidad de sus hijos, sino que ellos mismos murieron “accidentalmente” en la última de sus peleas.

El progreso y la paz de las familias y sociedades se alimentan con propuestas prudentes y serenas que lejos de la adicción al poder, al atrevimiento audaz o a la negligencia, construyan una acción que nos conduzca a superar los conflictos y los peligros de una manera original, tal vez desconocida, en la que el amor y el bien común sean los grandes ganadores. Mientras predominen el ego y el ansia de vencer, el conflicto será la constante.

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