Por: Rafael Orduz

La afición a prohibir, en alza

Está en auge la cultura de la  prohibición. Como medida para superar supuestos y reales malos comportamientos, se cree, lo mejor es prohibir. Y castigar.

Se vuelve a la locura de las fumigaciones con glifosato. Sin valorar decisiones de cortes en el exterior en contra de Monsanto y de dictámenes de la OMS sobre la canceriginidad del Roundup. Sobra la documentación al respecto desde hace al menos dos décadas.

Ya sabemos que, más o menos, los consumidores de cocaína demandan unas 800 toneladas del polvo maldito al año. Para ello se necesitan unas 200.000 hectáreas. Al cliente del clorhidrato en las calles de Nueva York o las londinenses le importa poco si la hoja de coca proviene de Nariño, Putumayo, Perú o Bolivia. Así que, en caso de reducción de cultivos en una determinada región, lo que simplemente ocurre es su desplazamiento a otras. Lo saben las autoridades hace tiempo. Es el efecto gota de mercurio: un martillazo esparce el material, no lo elimina.

Quien ocupaba la cartera del Interior en 2003 le dijo a El Tiempo (12 de enero de 2003) que en un año se acabaría el narcotráfico en Colombia y se liquidaría financieramente a la guerrilla. Se aplicó, entonces, todo el repertorio de la política antidrogas de los Estados Unidos. Y no funcionó.

El cuento de la dosis mínima, con el argumento de la persecución al microtráfico, es algo similar, ya cuestionado en varios análisis de opinión, por la difícil viabilidad de su ejecución. ¿Demostrar situaciones de adicción? Vale recordar que una proporción importante de reclusos en los Estados Unidos corresponde a esta categoría de pequeño tráfico y porte, sin resultados en las metas de reducción del consumo.

Otra variante de la prohibición se dio la semana pasada con la divulgación de un memorando interno de la Policía Nacional, refiriéndose a los tatuajes: “los patrones socioculturales mayoritarios tienden a la percepción del tatuaje como un elemento que demarca situaciones de delincuencia, ocio y antivalores”. Vagancia, drogadicción, libertinaje y desempleo son características asociadas al tatuaje. Una de las consecuencias: ay de que algún miembro de la Policía tenga un tatuaje.

Sobra decir (da pena afirmar lo obvio) que decenas de miles de hombres y mujeres se tatúan simplemente porque les da la real gana, sin que puedan incluirse en las categorías antisociales referidas. Incluido un ídolo, James Rodríguez.

Añádanse otros prejuicios como el del pelo largo en hombres y suéltese a miembros de la Policía a buscar portadores de dosis mínima y veremos…

La cultura de la prohibición es conveniente al tráfico de estupefacientes, sencillamente porque encarece el producto. Y socialmente muy costosa, entre otras razones, porque se requerirán muchos más cupos en las cárceles. Y ya veremos el siguiente informe de las oficinas antidrogas, confirmando que la demanda sigue boyante.

También le puede interesar: "Decomisar la dosis mínima de drogas: ¿Populismo o necesidad?"

 

 

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