Por: Gustavo Páez Escobar

La agonía de una flor

El ruido de la motosierra, el fatídico instrumento con el cual se destrozan los cadáveres causados por la violencia, se escucha, como una maldición de los montes, a lo largo de la nueva novela de Fernando Soto Aparicio, titulada “La agonía de una flor”.

Tomo de ella la siguiente conclusión que define el drama que el escritor ha querido patentizar como fondo de su historia: “¿A dónde van este pueblo, este país, el mundo? Los seres humanos somos sembradores: diariamente le sembramos a la tierra centenares de miles de cadáveres”.

Desde que hace medio siglo escribió Soto Aparicio “La rebelión de las ratas”, considerada su novela cumbre, su temática ha estado dirigida a la denuncia social. Desde entonces se convirtió en fiel intérprete de este país sacudido por los odios y las atrocidades, y movido antaño por la pasión política, más tarde por la fiebre del dinero, y ahora por el comercio de los narcóticos. 

El hombre disociador de la moral pública, que trafica lo mismo en las altas posiciones del Estado que en las redes oscuras de los estupefacientes y del despojo de tierras (e incorporado en los dos últimos casos a los movimientos guerrilleros), es el causante de la violencia que se enseñorea de la vida nacional. En medio de esta hecatombe, surge en la novela de Soto Aparicio un pueblo pequeño y miserable como símbolo de la corrupción y la barbarie que se apoderaron del país.

A dicho pueblo lo bautizó el novelista con el nombre apropiado de Villatriste, y en él crepita la olla de los odios, las venganzas y las torturas, bajo el ruido incesante de la motosierra encargada de fracturar los cadáveres y hacerlos desaparecer en la profundidad de los ríos. Este personaje siniestro que es la motosierra se retrata en la obra como un ser vivo que flagela, con saña infinita, las 160 páginas del libro. Páginas de brevedad alucinante y estremecedora que uno quisiera que no terminaran, dada la intensidad dramática que les imprime el autor, y a pesar de que por ellas se transita como por entre un túnel de sombras y terrores. Por eso mismo, se busca la claridad que espera encontrarse al final de toda una cadena de oprobios.

“Villatriste –dice el escritor– no pasa de ser un espejo diminuto donde se mira el mundo”. Y trae a escena otro método inaudito de esta época sanguinaria: las minas antipersona (o quiebrapatas, en su exacta definición salvaje), que se siembran en los campos, a lo largo de todo el país, como una semilla maldita que mutila a las personas y les produce dolores y traumas atroces. No matan –que sería preferible–, sino que someten a las víctimas a un calvario de torturas que deben soportar por el resto de la vida. Mayor sadismo no se puede concebir.

“La agonía de una flor” es el drama de una humilde muchacha de pueblo para quien todo termina al caer en un campo sembrado de minas antipersona. La ilusión, la esperanza, el amor, todo se evapora para ella cuando se abren los garfios de la ignominia y la dejan lacerada para siempre. Sus carnes frescas, que poco a poco se van marchitando en la pieza de un hospital, se convierten en un  desperdicio de la belleza y la juventud.

Novela de desgarros, de gritos angustiados, de impotencia, de desconcierto ante la brutalidad del hombre. Es un “yo acuso” en la conciencia de este país anestesiado por la sed de oro, la distorsión de los valores y la corrupción del Estado. Por fortuna, un hálito de poesía ventila las páginas de esta tragedia griega, tan bien captada por la sensibilidad del escritor. 

Liria, la protagonista principal, es la representación viva de un país bárbaro que parece no tener cura ni salvación. Soto Aparicio, promotor en su literatura de grandes causas populares, y que no se cansa de denunciar los desequilibrios de la sociedad y los atropellos de los políticos y de la clase gobernante, pone de nuevo el dedo en la llaga para impetrar la dignidad del hombre. En esta mirada perpleja que lanza el novelista desde la puerta de un hospital, clama por los maltratados y los mutilados, por los heridos y los muertos que engordan las páginas de la violencia colombiana.

No es una novela más. Ni una historia de ocasión. Es la novela del momento actual. La de las minas antipersona que se inventaron los monstruos de las guerras en el mundo entero, para aterrorizar, con sevicia y en forma  indiscriminada, a todo el género humano. En Colombia se copió la moda. Y es que aquí sabemos refinar los sistemas más sofisticados de la crueldad. Más que una persona, Liria, la niña desgarrada por los zarpazos de la maldad humana, es una poesía, una flor que emerge del dolor e irradia con su aroma una parábola de ternura.

Con esta bella edición que dentro de la Feria Internacional del Libro pone en circulación la Editorial La Serpiente Emplumada, Soto Aparicio agrega un peldaño más a su vasta producción de protesta social. Tras medio siglo de infatigable labor en los géneros de la novela, el cuento, el teatro y la poesía, corona hoy la meta de los 55 libros publicados. Entrega total la suya, y por otra parte admirable, al noble ejercicio de hacer de la palabra un canto a la vida y al amor, y un compromiso irrenunciable con las causas del hombre. 

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