La vía al Llano, vuelve y juega

Si bien son muchas las áreas del país incomunicadas con Bogotá por causa del invierno, es la Orinoquía la que con más rigor siente los graves efectos que se desprenden del aislamiento físico al que se ve sometida.

Una y otra vez los productores de los Llanos deben resignarse a la triste realidad de aceptar cómo, por los supuestos caprichos de la naturaleza, su trabajo, su patrimonio y sus ilusiones desaparecen a la misma velocidad con que bajan hasta la “Autopista” los criminales aludes de lodo y piedra que no sólo sepultan las expectativas económicas de esa abnegada gente, sino que también cobran la vida de los usuarios de la vía.

¿Qué deben hacer los llaneros? ¿Encomendarse a San Isidro y resignarse con su suerte? ¿O demandar del Estado una solución de fondo que permita garantizarles la estabilidad de sus actividades económicas y la vida misma?

 Llama la atención que cada vez que se ponen al descubierto nuestras gravísimas falencias en materia de infraestructura vial y de transporte, aspectos clave en materia de competitividad, los furibundos defensores del TLC desaparecen de los medios de comunicación como por arte de magia. Sólo aparecen algunos mandos medios oficiales quejándose del fuerte invierno y de los “imponderables” de la madre naturaleza.

Es cínico calificar de “imponderables” los consuetudinarios problemas en nuestras carreteras, la falta de vías alternas o planes de contingencias para morigerar los impactos de situaciones perfectamente previsibles y que todos sabemos que ahí están latentes.

Con las pérdidas que ha tenido la economía hubiese sido posible financiar no solamente la doble calzada, sino hasta otra vía alterna con las mismas especificaciones de la actual. Hagamos cuentas, metámosle números al descalabro económico que se sufre cada vez que se presentan estas frecuentes y no imponderables situaciones y veremos cómo haríamos el gran negocio de la economía colombiana en los últimos lustros. La tasa de retorno de ese proyecto sería la misma que la de un buen semental cuando se le hace la paja para obtener  sus preciadas pajillas.

 Luis Carlos Manjarrés A. Bogotá.

Las firmas

Con el temor que me produce ser encasillado por el presidente Uribe  entre los malos, quiero comentar la reacción muy personal que me causó leer en El Espectador del domingo 1 de junio el artículo de Laura Ardila Arrieta titulado: ‘La reelección presidencial a 200 pesos’.

1. Empieza comentando la periodista que la protagonista de esta historia padece la polarización que se vive en el país por cuenta del presidente Uribe. Error gigante. La protagonista padece el desempleo que la obliga como a millones de colombianos a ser “todero” y a trabajar en lo que resulte.

2. Con la única convicción de que para subsistir debe conseguir 150 firmas diarias, que le generan un salario mínimo, disfraza su necesidad y presenta su producto “Uribe 12 años”  como una “Iniciativa Ciudadana”. De pronto consigue unas firmas más y se las pagan a precio de producto popular ($200=) lo que incrementa un poco más sus ingresos.

3. Como el negocio es bueno, la plata tiene que alcanzar para todos, porque lo primero es el sentido social. Es por eso que la Asociación Colombia Primero, en cabeza del inmaculado político Luis Guillermo Giraldo, de la U, le entregó el negocio a una


empresa de empleos temporales, expertos en explotar madres cabeza de hogar, bien necesitadas, que dan muy buenos resultados.

4. Comenta nuestra protagonista que conoce al presidente Uribe por fotos y televisión (su sitio preferido), que no votó por él; que ya toda su familia firmó, pero que lo hicieron para ayudarla (tiene que cumplir su cuota de ventas); que ella no ha firmado y que de pronto se decide al final.

El doctor Uribe, que representa el empuje paisa, tan de buena familia, con esa vocación manifiesta de hermanita de la caridad que ha mostrado en sus consejos comunitarios, esa arrogancia de niño mal criado de la alta sociedad, ¿cómo, por Dios, permite que una humilde colombiana, que no cree en él, que tiene que usar su nombre para venderlo en sitios públicos para poder vivir, tenga que parar un bus urbano, pedirle al conductor que la deje trabajar y decirles a los pasajeros que por favor le colaboren para subsistir ella y sus pequeños hijos, que igual que las bananas que otros venden, a ella le dan por una firma 200, por dos 400 y por tres en promoción le dan 500 pesos?

 Óscar Reinaldo Muñoz Díaz. Cali.

* * *   * *

No es gratuito, ni accidental, que los recolectores de firmas por el Uribe perpetuo sean jóvenes de los dos sexos (El Espectador, junio 1, ‘La reelección presidencial a 200 pesos’).  Las mujeres maduras no oponen resistencia a un muchacho de 20 abriles que las convoca a este desatino.

Y viceversa con los hombres de estas características. Al fin y al cabo, este tinglado ofrece una dinámica de frivolidad. De rasgo deportivo. La gente registra la firma como en un evento de cortesía.  De fugaz colaboración.  Para el recolector, el dueño de la vendimia, le importa un maravedí las razones subjetivas, le interesa el resultado.

 Cómo es de habilidoso el lenguaje arribista. Cómo son de recursivos los corifeos de este desatino político.  Mientras que en otras geografías y otros recodos de la historia a esto se le llama dictadura civil, aquí adquiere la fisionomía de continuidad democrática. Se exterioriza una legalidad con sabor a trampa, a ventaja, a sutil prepotencia.  Licencia del poder para abroquelarse de continuidad. 

 Los recolectores empezaron sobrios, discretos, casi silenciosos. Y en el tráfago de las horas y del roce humano, han ido desembocando en pregón altisonante por la sacrosanta reelección.  El ambiente se impregna de sesgo mendicante. Sólo falta el epílogo:  ‘Una firmita por el amor de Dios, o de la Patria’. Claro, una patria excluyente, intolerante, de abusivos privilegios. Sí.  Una patria a perpetuidad de unos clanes. De viveza de grupos que recurren al exterminio para que el poder de la tierra y demás galerías de bienes no rebase el círculo de siempre.

 En cuanto al requerimiento de regalar mi firma, atiné a decirle, “no niña, en Uribe no hay poesía”.

 Carlos Ossa. Medellín.

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