Por: Ignacio Zuleta

La Aluna del Tayrona y los poderes sutiles del espíritu

La propuesta de un megahotel en el Tayrona es un síntoma típico de los tiempos que corren: aquí manda el dinero.

Las consideraciones de orden humano y espiritual han sido relegadas por incómodas, lo que no significa que no sean importantes o que carezcan de una fuerza propia con efectos reales, pues todo está en Aluna.

Aluna es el espacio trascendental de los Kaggabbas o jaguares de la Sierra Nevada. El silencio de Aluna es pensamiento y es océano y desde aquí la madre-mar, que estaba sola, propicia la creación. Los sabios se alimentan de las meditaciones en Aluna y son intermediarios entre lo no visible y lo visible. Y allí hay fuerzas enormes, fuerzas telúricas de lluvias y sequías, de terremotos y tormentas, de viento y sol y semillas nutritivas. Y desde allí proceden los poderes más sutiles del espíritu que alimentan el alma de las mujeres y los hombres. El corazón del mundo, que puede estar aquí o en otra parte, no es una metáfora. Y está muy malherido.

Para la generación desesperanzada que está en el borde de los treinta años o menores, construir un hotel en un Parque Natural es un golpe mortal. Esta generación, sensible al deterioro social y del entorno, siente literalmente en sus células y su psiquis cada árbol caído, cada fuente de agua destruida, cada animal extinto y cada humano muerto. A muchos les parecerá descabellado afirmar que perder la pelea en contra de un hotel en Arrecifes, o su equivalente en alguna otra área protegida, es conducir a toda una generación de colombianos a las garras de la desesperanza planetaria. Pregúntenle a sus hijos.

Pero el mundo es absurdo, y este país… ni hablemos. Al presidente ungido por los mamos de la Sierra le pareció adecuado que Six Senses (como si los sentidos no fueran infinitos) nos haga el favorcito; a Pachito Santos ya le había parecido buena idea; a Carlos Castaño y sus parientes, los Bessudo, se les abrieron las agallas; a Felipe Santos le encantan los proyectos gigantescos; los Dávila Abondano —que le deben, nos deben, al país millones en multas por derrames de aceite en el Caribe— están dichosos de negociar sus terrenos en el Parque en tanto las autodefensas de la zona engrasan los fusiles; el actual ministro de Comercio viene de ser de Anato; Frank Pearl está en aprietos; a Sandra buceadora se le entraron los cacos y le mataron “sus” tiburones en las rocas profundas de Malpelo, mientras las chalupitas de la Armada seguramente armaban la parranda en cualquier parte con el whisky de contrabando inmemorial. Continúa la fiesta inolvidable.

Aunque también hay fuerzas nuevas que se sienten. Y es cada vez mayor, y necesaria, la alianza entre las tribus del espíritu, los artistas, los chamanes y los psiconautas intuitivos, los músicos, los que saben orar con energía, los humanistas y los defensores del ambiente. No hay que dejarse aislar: las rumbas con propósito, las redes sociales y las indignaciones colectivas callejeras son un puente de encuentro imprescindible. El bienestar de un pueblo no se mide ni en dólares ni en euros. Es tiempo de medirlo en agua limpia, comida sin venenos, entorno de aire puro y armonía con los viejos, los árboles y Aluna. Hay potencias del alma que hay que poner en marcha para tratar de remendar el gran circuito.

dharmadevaopinion@gmail.com

 

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