La ansiedad y los pies del acaso

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Un tanque de guerra está detenido frente a una vivienda. Su largo cañón apunta a la puerta. Tambaleante sale un hombre con un talego negro de basura. A medida que camina unos pasos, la boca de fuego gira como atraída por el imán de su cuerpo. Deja el paquete en la acera, vuelve hacia su casa. La pieza artillera, obediente, lo escolta hasta que ingresa. 

El corto video circulante grafica el estado de ánimo de los confinados por el coronavirus. El ojo del Gran Hermano orwelliano se quedó corto. A esta altura del encierro, los ciudadanos se ven a sí mismos como carne de cañón. Les tritura los huesos una munición omnipresente que conoce a pie juntillas sus movimientos, sus quietudes, sus inquietudes.

Flota una atmósfera de plomo que no solo acecha en la calle, como el carro de guerra, sino que penetra en los hogares. Baja a la cintura, punza en los hombros, se aglomera en la cabeza donde atolondra el entendimiento. Es persistente, rápido corroe el sentido de las proporciones.

Cada individuo padece la invasión de su ecuanimidad, pero muy pocos llevan a la conciencia su mutación hacia el lobo. Sus cercanos, conocidos, escuchan de súbito sus rugidos. Son objeto de los embates de sus garras, dudan entre oponerle combate y escapar hacia un mutismo redentor.

A las pocas semanas el paciente impaciente deriva hacia la ansiedad. Se le cierra la boca del estómago y no come. No sabe en qué ángulo reposar los pinchazos de la espalda. Duerme hasta las tres de la mañana. Consulta en internet las condiciones para acceder a la muerte asistida, nombre edulcorante del suicidio. 

Abre el wasap y recibe un dibujo en que un hombre barbado yace en cama de hospital, conectado a mangueras plásticas. Una médica afro, con estetoscopio colgante, le pregunta: “¿Tienes idea de cómo te enfermaste?”. “Viendo noticias”, replica el contagiado, que agrega empresas de comunicación nacionales.

Recibe llamada de una amiga alarmada. “¿A ti también se te bloqueó internet?”, dice ella sin esconder su congoja ante la caída de la red mundial, único vínculo con el pedazo de cosmos reinante. La dama había consultado con otras personas a quienes atormenta el mismo desplome. “Yo escasamente salgo al césped de mi conjunto, y ahora no sé que haré”, concluye. 

 ¡Ansiedad!, entonan los especialistas. He aquí el cuadro clínico en que desembocan los apegados a los “protocolos” contra la interminable infección. Estos requerimientos se concentran en contrarrestar las asfixias del bicho volador, mientras por la puerta de atrás ingresan las mil y una dolencias mentales de un país y un mundo en agonía.

Hace 135 años Federico Nietzsche y su Zaratustra avizoraron así el actual enredo: “Hay una cosa imposible dondequiera, y esa cosa es la racionalidad. Es indudable que un poco de razón, un grano de sensatez, disperso de estrella en estrella, es levadura mezclada a todas las cosas: ¡a causa de la locura se halla mezclada a todas las cosas la sensatez! Es posible un poco de sensatez; pero yo he encontrado en todas las cosas que prefieren bailar sobre los pies del acaso”. 

arturoguerreror@gmail.com

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