Por: María Elvira Bonilla

La apoteosis de una fea

SU FIGURA, UN TANTO ESTRAFALAria, provocó de inmediato las risas del público y la actitud burlona de un jurado que la ridiculizó en la entrevista inicial.

¿Qué hacía una señora gorda de mediana estatura, fea y con papada, una pobretona y casi cincuentona enfundada en un vestido dorado, montada en unos tacones blancos que no conseguía dominar, concursando en el reality show más popular de la televisión inglesa, Britain’s Got Talent, enfrentada con los bríos y la belleza juvenil de centenares de cantantes en potencia decididos a ganar? ¿Cómo se había atrevido siquiera a salir al escenario y confesar su sueño de renacer como cantante? Parecía tratarse de un equívoco o un mal chiste, hasta cuando irrumpió una hermosa y potente voz lírica que arrasó con cualquier prejuicio y movió los sentimientos de público y jurado: la voz de Susane Boyle. La reacción fue apoteósica. En cinco minutos la vida de esta mujer, con una existencia más que gris y sin duda desgraciada, que subsiste con el seguro de desempleo en un pequeño pueblo perdido en Escocia con la única compañía de su gato Pebbles, cambió radicalmente.

Una historia como de cuento de hadas resumida en ese instante fugaz y profundo que eterniza el video del triunfo de Susane Boyle en Youtube. Un instante que sintetiza la bajeza y la grandeza de la condición humana. El triunfo del talento, cuando se le da la oportunidad de expresarse. Veinticinco millones de personas han entrado a Youtube para emocionarse hasta las lágrimas con esta provinciana mojigata y cursi que se salió con la suya. Un récord de consultas en el lapso de una semana, unido a las 60 entrevistas que ha concedido y su imagen en las primeras páginas de la prensa inglesa, pero también del Washington Post y del New York Times. Fue la invitada especial de los populares programas televisivos de Larry King y Oprah, donde ingenuamente habló de su certeza íntima de que, a pesar de sus carencias, de su ignorancia imbatible nacida de dificultades congénitas para el aprendizaje, de no conocer el afecto —nadie la ha besado en su vida— y de su fealdad irredimible, la fuerza de su voz y el sentimiento la sacarían adelante.

Bastó una canción,  I dreamed a dream (Soñé un sueño), el sueño de poder cantar, para convertirse en una celebridad mundial. Un triunfo que no es sólo artístico. Es un triunfo sobre los estereotipos imperantes en estos tiempos de dictadura de la imagen, de eterna juventud bronceada, de vanidad mediática, donde prima la forma, el empaque, sobre el contenido. Susane Boyle se presentó con su fealdad al natural en contravía con el glamour convencional y la estética de los chicos y chicas plásticas. Se impuso. Demostró que la pinta es lo de menos cuando se tiene sustancia de verdad y no prefabricada. De allí su impacto.

Una historia de vida que nos recuerda tanto talento escondido que reclama una oportunidad, pero sobre todo la certeza de que el relato bíblico puede hacerse realidad y que a veces David puede triunfar sobre Goliath. Y esto entusiasma y reconforta.

 

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