La aprobación de Duque durante la pandemia

Al inicio del siglo XIX, en las todavía jóvenes democracias, no era “bien visto” que los políticos se autopromocionaran. Se creía que debían concentrarse en gobernar y no en publicitarse, lo que además se consideraba del vulgo. Al final del día, un hombre conocido, si de verdad lo era, no tenía por qué darse a conocer. Eran sus aliados políticos y los miembros del partido quienes debían recorrer todos los rincones. Pero hacia finales del siglo algo cambió. La idea del político cercano al pueblo cogió fuerza y varios líderes salieron a las calles a darse la mano con el llamado ciudadano de a pie. Con el contacto vino el contagio y con el contagio, la muerte. De ahí la importancia del vicepresidente, por si acaso, pero también de que el apretón de manos viniera acompañado de un discurso de salud pública e higiene.

Las pandemias y los políticos también están ligados por el apoyo durante las crisis. Este fenómeno lo llaman los politólogos “unión en torno a la bandera”. Cuando hay una dificultad grande, sobre todo una crisis internacional, es común que se origine una especie de patriotismo en el que los ciudadanos se unen para apoyar a los dirigentes. La reacción tiene sentido: cuando la casa se está quemando, la gente capta que tiene que pasar rápido el balde de agua. No en vano, a raíz de la crisis que ha traído el coronavirus, la popularidad de varios líderes ha subido notablemente. Incluso aquellos que peor han manejado la pandemia se han mantenido en sus números. Los enemigos son siempre útiles para los ratings presidenciales, incluso cuando son microscópicos.

Colombia ha tenido pocos presidentes a los que les luce dar la mano. Entre ellos, el único reciente es Uribe, quien fue capaz de mantener por ocho años (y por poco 12 o 16) una excelente comunicación presidencial jalonada por el real, pero bien capitalizado, enemigo de “las Far”. A Duque no le luce dar la mano porque no tiene carisma, pero el enemigo le llegó en bandeja de plata, tan de papaya como le llegó la presidencia. O como le llegan todas las papayas: Uribe tuvo que crear los consejos comunales, mientras ahora Duque puede aparecer todos los días en televisión. La ñeñepolítica, los goles de la reforma económica, el laboratorio de coca de un exembajador, los nuevos mal llamados “falsos positivos”, los líderes sociales asesinados y hasta el espionaje militar le están pasando por el lado. Desde que el coronavirus llegó a Colombia, y a pesar de sus iniciales mensajes erráticos, Duque ha ido lentamente mejorando su deteriorada imagen.

Como es de esperar, Colombia se está uniendo en torno a la bandera. Duque cerró las fronteras y ordenó la cuarentena a tiempo. Pero es ahora cuando empieza la parte dura. Cuando no se trata de comunicar sino de gobernar. Cuando los $3.300 millones que invirtió en capitalizar su imagen van a hacer agua si el diminuto enemigo termina doblegándonos. El reto es grande porque tiene que abrir las calles sin poder salir a la calle. Tiene que llegarle al país sin acercársele. Y, como los presidentes del siglo XIX, va a tener que depender de acercamientos y alianzas con los equipos de otros. No les va a poder dar la mano a los ciudadanos de a pie, pero más le vale lograr que los alcaldes le den una mano porque son ellos —y no él— los que están in situ y con el control de los detalles.

 

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