Por: Piedad Bonnett

La apuesta de Alan García

Todo suicidio sobrecoge: por lo que significa como acto supremo de libertad, por el coraje que implica desprenderse de la vida y de uno mismo —aunque muchas veces se trate de una huida y para algunos signifique cobardía—, porque nos estremece el dolor o la angustia o la rabia que suponemos tuvo que haber para tomar esa decisión, y porque nos hace pensar en si nosotros mismos, en una encrucijada, seríamos capaces de hacerlo. Y también porque, aunque haya una carta que parezca explicarlo todo, en su centro siempre hay un agujero negro que jamás lograremos llenar con nuestras especulaciones.

El suicidio de Alan García estremece por su carga simbólica, cuando se hacen evidentes en nuestros países las dimensiones devastadoras de la corrupción política y empresarial —que el caso Odebrecht acabó de iluminar— y la decadencia definitiva de los partidos políticos tradicionales, corroídos por la mediocridad, la podredumbre y la incapacidad de renovación. Pero también sobrecoge porque su gesto nos permite reflexionar sobre el poder. Cualquiera que vea las extraordinarias entrevistas que Jaime Bayly le hizo cuando era todavía el joven periodista incisivo, informadísimo y divertido que ya no es, verá los aspectos más atractivos de Alan García: su inteligencia, su rapidez, su carisma, su habilidad para esquivar las balas del francotirador. Sabemos que era apasionado, emotivo y cerebral a la vez, como suelen ser los políticos más avezados. Y tan sagaz, que llegó a ser presidente a los 35 años.

Haya de la Torre —a quien el Perú le escatimó mezquinamente la presidencia— creó un partido revolucionario, de un populismo necesario en su momento, pero de espíritu mesiánico (“Sólo Dios salvará mi alma, sólo el Apra salvará el Perú”) y dado a los gestos emotivos. En él se formó Alan García como líder, y como parte de esos lenguajes podemos leer su muerte. García, todo parece indicarlo, se vio por fin atrapado después de años de saber eludir a la justicia. Pruebas poderosísimas en su contra lo tenían al borde de la cárcel, que nunca había pisado, mientras caían uno a uno los otros mandatarios, gracias a las investigaciones de una justicia insólitamente eficiente, pero que también puede estar cometiendo excesos. Entonces —y es mi interpretación de un hecho hondamente humano— Alan García escoge entre el miserable destino que le esperaba y la imagen del personaje político que había construido. A la posibilidad de una vida empobrecida —aunque aun probablemente llena de afectos— prefirió apostarle, con gesto trágico, a salvarse para la historia. Con la misma altisonancia del lenguaje aprista de otros tiempos, dijo en su última entrevista: “si la patria llega a convencerse de que tengo algo qué pagar, es la patria. Soy cristiano, creo en la vida después de la muerte y creo que tengo un pequeño lugar en la historia de Perú”. Quizá ya había escrito la carta que leyeron en su funeral, donde habla de sí mismo en tercera persona, y donde, con el orgullo como última apuesta, deja su cadáver “como una muestra de desprecio hacia mis adversarios”. En un video, lo vemos dar la espalda a sus captores y subir a enfrentarse con el destino que escogió. Me sobrecoge imaginar qué sentía cuando llevó la pistola a su sien.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Piedad Bonnett

La validación del maltrato físico

Ciclismo, dopaje y sociedad

La mancha naranja

Un hermoso testimonio